Ridículo




Frag­men­to de “Vista”, epi­so­dio de la serie de la BBC Sen­ti­dos hu­ma­nos.


“Deben ser los go­ri­las” + In­tro­duc­ción leída. El baión es de Aldo Ca­ma­rot­ta, Ar­man­do Li­bre­to (pseu­dó­ni­mo de Del­for) y Nés­tor D'Ale­san­dro. Or­ques­ta de Fe­li­ciano Bru­ne­lli; canta Ro­ber­to Mo­ra­les. Sello RCA; gra­ba­do en 1955.

1.

La ce­gue­ra por inaten­ción puede tener gra­dos. En­ca­be­zan la gra­da­ción los que con­tan­do pases no vie­ron pasar al go­ri­la; con un sim­ple ajus­te zoo­ló­gi­co se les puede apli­car otro fa­mo­so re­pro­che por inaten­ción, de cuña ma­ra­do­nia­na: “Se te es­ca­pó la tor­tu­ga”. (La len­ti­tud hi­per­bó­li­ca del bloo­per es la ver­sión ci­né­ti­ca y du­ra­ti­va de la des­aten­ción; tan im­pro­ba­ble es la fuga del lento como la im­per­cep­ción del gro­tes­co.) En se­gun­do lugar está, por ejem­plo, la sos­pe­cha del baión, que re­pre­sen­ta el prin­ci­pio del fin de un des­co­no­ci­mien­to: “Deben ser los go­ri­las, deben ser”, vis­lum­bran la voz can­tan­te y su coro en el es­tri­bi­llo que cie­rra cada si­tua­ción. Pa­san­do de la con­je­tu­ra a la afir­ma­ción lle­ga­mos al ter­cer grado, con una nula des­aten­ción; ahí están los 4 ó 5 que vie­ron al go­ri­la atra­ve­sar la ronda y gol­pear­se el pecho a lo hom­bre mono.
Pero no es la ce­gue­ra por inaten­ción lo que me in­tere­sa acá, sino el tipo de per­so­na­je ele­gi­do para mos­trar­la en su grado má­xi­mo. Con us­te­des, en­ton­ces, lo ri­dícu­lo: la cosa más di­fí­cil de di­si­mu­lar, la ne­ga­ción misma del di­si­mu­lo, la vi­si­bi­li­dad más chi­llo­na. (Para magos, ilu­sio­nis­tas y neu­ró­lo­gos, su di­si­mu­lo debe ser uno de los tru­cos más di­fí­ci­les.)

2.

Ex­cep­to cuan­do se es ri­dícu­lo ac­tuan­do de ri­dícu­lo, en pocos casos el ac­tuar de algo y el serlo se en­cuen­tran a mayor dis­tan­cia que en este. Eso tal vez se deba al hecho de que lo que de­fi­ne a uno niega al otro: có­mi­co o sólo pa­té­ti­co, ser ri­dícu­lo im­pli­ca haber per­di­do el con­trol de la pro­pia ima­gen; ac­tuar es estar ejer­cién­do­lo, in­clu­so si se actúa de ri­dícu­lo (en cuyo caso se está ejer­cien­do el con­trol de la pro­pia ima­gen para fin­gir que no, como pide el papel). La di­fe­ren­cia se es­cu­cha en las risas: en un caso pre­mian un logro hu­mo­rís­ti­co y en el otro cas­ti­gan –a veces con vergüenza ajena, a veces con mera saña– una gaffe so­cial (la ava­lan­cha que pro­vo­ca “un gordo” que res­ba­la y rueda por los ta­blo­nes de la tri­bu­na, por ejem­plo; y en ge­ne­ral, un des­ca­la­bro sin sen­ti­do cau­sa­do por un desubi­que inasi­mi­la­ble, vo­lun­ta­rio o in­vo­lun­ta­rio).
Por su­pues­to, el dis­fra­za­do de go­ri­la con ges­tua­li­dad gro­tes­ca com­po­ne un ri­dícu­lo, no lo co­me­te (no, al menos, en pri­me­ra ins­tan­cia; sería otro –uno de se­gun­da ins­tan­cia– el ri­dícu­lo que se co­me­tie­ra al com­po­ner­lo). La com­po­si­ción ele­gi­da forma parte im­por­tan­te del truco y le da fuer­za a su ar­gu­men­to: no habla igual de nues­tra aten­ción que le es­ca­mo­teen un tipo común y co­rrien­te, per­fec­ta­men­te mi­me­ti­za­ble, a que le es­ca­mo­teen un dis­fra­za­do gro­tes­co que actúa gro­tes­ca­men­te (“Es in­creí­ble que pue­das pasar por alto algo tan obvio”, sin­te­ti­za uno de los en­tre­vis­ta­dos que pa­de­ció la ce­gue­ra ad hoc). Lo ri­dícu­lo de la es­ce­na mag­ni­fi­ca el mé­ri­to y la sor­pre­sa de la omi­sión con­se­gui­da. Lo sim­ple del medio uti­li­za­do tam­bién: el pase de magia para esa ilu­sión ce­ga­do­ra se re­du­ce a ha­cer­nos con­tar ano­di­nos pases de pe­lo­ta.
Valga el caso como ejem­plo de una in­vi­si­bi­li­dad lo­gra­da sin rehuir­le a la ex­po­si­ción. En de­fi­ni­ti­va, en ese logro se con­su­ma una proeza sen­so­rial: se hace in­vi­si­ble el colmo de la vi­si­bi­li­dad (a la in­ver­sa, con el traje nuevo del em­pe­ra­dor pa­sa­mos de la ilu­sión de la in­vi­si­bi­li­dad de lo exis­ten­te a la de la vi­si­bi­li­dad de lo inexis­ten­te). Si le atri­bui­mos a él el mé­ri­to, ese go­ri­la es el héroe de la in­vi­si­bi­li­dad ad­qui­ri­da: al­can­zó la misma meta que otros pero con mayor des­ven­ta­ja.
Ac­tua­do o co­me­ti­do, no deja de haber algo ri­dícu­lo que cruza desa­per­ci­bi­do una ronda de bas­quet­bo­lis­tas (y 27 mi­nu­tos con 17 se­gun­dos del do­cu­men­tal, para am­pliar con no­so­tros ese nú­me­ro de dó­ci­les con­cen­tra­dos en otra cosa, como le pasa al pre­fec­to G y su po­li­cía pa­ri­si­na con la carta ro­ba­da). A la proeza sen­so­rial se suma una proeza dra­má­ti­ca: al ac­tuar de ri­dícu­lo, el dis­fra­za­do finge ser uno im­po­si­bi­li­ta­do de fin­gir, uno que cuan­do le toca serlo es por una caída en des­gra­cia, no por un papel en el re­par­to.

3.

Por su­pues­to, los que en ese ex­pe­ri­men­to no per­ci­bie­ron al per­so­na­je ri­dícu­lo (y que­dan por eso en ri­dícu­lo ante los te­le­vi­den­tes, que pron­to se iden­ti­fi­ca­rán con ellos) tam­po­co per­ci­bie­ron la ri­di­cu­lez en juego. Una con­di­ción in­fal­ta­ble de lo ri­dícu­lo es que no pasa desa­per­ci­bi­do, como que con­sis­te en el es­pec­tácu­lo de una so­bre­ex­po­si­ción. Puede ig­no­rar­lo el que es ri­dícu­lo, el que hace el ri­dícu­lo, el que cae en el ri­dícu­lo, el que se pone en ri­dícu­lo, el que queda ri­dícu­lo, pero no quie­nes lo ven que­dar, po­ner­se, caer, hacer o ser. Por­que si tam­po­co ellos lo per­ci­ben, en­ton­ces no hay ri­dícu­lo: si no hay pú­bli­co que lo pre­sen­cie, no hay es­ce­na que lo ex­hi­ba. A su caso se apli­ca la equi­va­len­cia que Ber­ke­ley atri­buía in­dis­cri­mi­na­da­men­te: para lo ri­dícu­lo, ser es ser per­ci­bi­do. Tal vez por eso es que tiene su pro­pio sen­ti­do: lo ri­dícu­lo es per­ci­bi­do en otros (y evi­ta­do para sí) por quie­nes, no pa­de­cien­do ce­gue­ra por inaten­ción, tam­po­co han pa­de­ci­do la des­gra­cia so­cial de haber per­di­do el sen­ti­do del ri­dícu­lo.
Antes de si­tuar en su clase este sen­ti­do para di­fe­ren­ciar­lo de otros, di­fe­ren­cie­mos lo ri­dícu­lo de lo ab­sur­do, que es su ve­cino más con­fun­di­ble.

4.


En “The Fi­na­le”, úl­ti­mo epi­so­dio de la serie Sein­feld (1998).

Una ban­que­ta sin patas a la que le falta el asien­to y un porta sa­chet de plás­ti­co (de­ma­sia­do) blan­do son dos ab­sur­dos, si bien de dis­tin­to tipo: el pri­me­ro se­mán­ti­co o con­cep­tual, el se­gun­do prag­má­ti­co. Lo ab­sur­do nos deja sin com­pren­der un cómo o un por­qué. Lo ab­sur­do daña nues­tro sen­ti­do de lo cohe­ren­te y lo pre­vi­si­ble, por un lado, y de lo uti­li­za­ble y lo prác­ti­co, por el otro (o sea, del sen­ti­do a secas y del sen­ti­do común). Ab­sur­do es aque­llo que tiene al menos un rasgo que ma­lo­gra su ra­cio­na­li­dad (y, con ella, su pre­vi­si­bi­li­dad, si es un even­to, como la del juego sin re­glas que con­fun­de a Ali­cia) o aque­llo que tiene al menos un rasgo que ma­lo­gra su fun­cio­na­li­dad (o que la com­pli­ca).
Lo ri­dícu­lo, en cam­bio, daña nues­tro sen­ti­do de lo ade­cua­do y sus pro­por­cio­nes (o sea, del buen sen­ti­do y del buen gusto): eso no com­bi­na en ab­so­lu­to, eso con­tras­ta de­ma­sia­do o “mal”, es una di­so­nan­cia nueva a la que no se le ad­mi­te que haga es­ti­lo. “¿Se me ad­mi­ti­rá más tarde?”, po­de­mos ima­gi­nar que pre­gun­ta lo ri­dícu­lo ante la Ley; “Tal vez, pero ahora no”, se le con­tes­ta en su um­bral. Lo ab­sur­do no tiene la es­pe­ran­za de esa acep­ta­ción o la re­ci­be mucho más tarde que lo ri­dícu­lo, que suele cam­biar con las modas, las cos­tum­bres y los va­lo­res (el costo po­lí­ti­co de ri­di­cu­li­zar a un gordo que no pagan los au­to­res e in­tér­pre­tes del baión a me­dia­dos del siglo XX ya lo pagan a fi­na­les Jerry Sein­feld y sus ami­gos, en el jui­cio del final de la serie –un re­me­do de Jui­cio Final donde todos los pe­ca­dos son de in­co­rrec­ción po­lí­ti­ca).

5.

Para re­gis­trar lo que re­gis­tran, los cinco sen­ti­dos sen­so­ria­les si­guen im­pe­ra­ti­vos fí­si­cos, quí­mi­cos, bio­ló­gi­cos, neu­ro­ló­gi­cos. El sexto sen­ti­do, la extra-sen­so­rial in­tui­ción, sigue im­pe­ra­ti­vos psi­co­ló­gi­cos, es­pi­ri­tua­les, as­tra­les, má­gi­cos o mís­ti­cos, pero siem­pre apli­ca­dos a cap­tar una na­tu­ra­le­za que, com­pa­ra­da con la vo­lu­ble y ac­ci­den­tal que cap­tan los otros cinco, es esen­cial, tal vez de tan in­ma­te­rial. (Tam­bién eso –o su ecua­ción re­cí­pro­ca– puede ha­cér­se­le decir a la tri­lla­da cita de El Prin­ci­pi­to: “Lo esen­cial es in­vi­si­ble a los ojos”.)
Pese a esta di­vi­sión te­rri­to­rial de lo aprehen­si­ble, unos y otros im­pe­ra­ti­vos com­par­ten el ser na­tu­ra­les, es decir, re­la­ti­vos a una na­tu­ra­le­za, la in­tui­ble y/o la per­cep­ti­ble (el sen­ti­do de la orien­ta­ción da la apa­rien­cia de tener un pie en cada lado o de dis­cu­rrir por un entre; lo mismo su con­tra­ca­ra, el lla­ma­do en que con­sis­te lo ins­tin­ti­vo y que hace de una ac­ción una res­pues­ta, una es­pe­cie de aca­ta­mien­to na­tu­ral).
Los im­pe­ra­ti­vos que si­guen otros sen­ti­dos son cul­tu­ra­les: están dic­ta­dos por el juego de va­lo­res que pro­mue­ve o im­po­ne una co­mu­ni­dad dada (de ahí que di­fie­ran a lo largo y ancho del globo, ade­más de que cam­bian con el tiem­po). Es el caso del sen­ti­do del humor, el sen­ti­do del honor, el sen­ti­do del ri­dícu­lo, entre otros. Se los tiene o no se los tiene, se los pier­de o se los con­ser­va, se los tiene de buena o de mala ca­li­dad, se los usa con mayor o menor pers­pi­ca­cia, etc. De va­ria­bles como estas de­pen­de que se sufra o se evite una san­ción so­cial.

6.


Jerry Sein­feld, Live on Broad­way: I'm Te­lling You For The Last Time (1998). In­clui­do en el mo­nó­lo­go “Media Mezzo” de su libro Sein­Lan­guag.*

“Ac­cor­ding to most stu­dies, peo­ple's num­ber one fear is pu­blic spea­king. Num­ber two is death. Death is num­ber two. Does that seem right? That means to the ave­ra­ge per­son, if you have to go to a fu­ne­ral, you're bet­ter off in the cas­ket than doing the eu­logy.”

De un es­tu­dio a otro, lo ri­dícu­lo pasa de ser algo inaten­di­do a ser algo te­mi­do (o sea, so­bre­aten­di­do). En el fa­mo­so es­tu­dio de Da­niel Si­mons y Ch­ris­top­her Cha­bris, el ri­dícu­lo pa­sa­ba desa­per­ci­bi­do para una ma­yo­ría; en este que co­men­ta el co­me­dian­te Jerry Sein­feld, una va­rian­te del miedo al ri­dícu­lo es la pri­me­ra pa­sión al ace­cho de una ma­yo­ría. Acaso por el nulo o su­pe­ra­do miedo a ha­blar en pú­bli­co, Sein­feld ma­ni­fies­ta su asom­bro (e im­pre­fe­ren­cia) por el se­gun­do pues­to; en el re­ma­te reúne en una misma es­ce­na los dos roles más vo­ta­dos, que pasan a ser di­le­má­ti­cos. A fuer­za de alto con­tras­te y com­bi­na­ción in­só­li­ta, el di­le­ma y su re­so­lu­ción ma­yo­ri­ta­ria rom­pen la so­lem­ni­dad fú­ne­bre de la es­ce­na; con su golpe de humor, Sein­feld ri­di­cu­li­za el ran­king en­ca­be­za­do por un miedo al ri­dícu­lo.
La san­ción al ri­dícu­lo equi­va­le, en lo so­cial, a una pena ca­pi­tal, o al menos eso te­me­mos: el miedo al ri­dícu­lo es el miedo a una muer­te so­cial, que viene con el agra­van­te de ser una muer­te lú­ci­da (a di­fe­ren­cia de la otra, a la que puede con­du­cir). Por una parte, el te­rror a esa caída sú­bi­ta en una muer­te cons­cien­te, como de per­so­na em­pa­re­da­da viva, tal vez ex­pli­que el ran­king que Sein­feld tra­du­ce en la pre­fe­ren­cia por la ac­tua­ción de muer­to. Por otra parte, esa ac­tua­ción, a di­fe­ren­cia de la de ora­dor, está libre del ries­go de la so­bre­ac­tua­ción, que es con­gé­ni­ta al ri­dícu­lo.


Nota

La pri­me­ra ver­sión ter­mi­na­da de este en­sa­yo la leí en Me­dias y Som­bre­ros #5, “Ready culo”, el sá­ba­do 22 de mayo de 2010 al­re­de­dor de las 11 de la noche, con los epí­gra­fes de la pro­yec­ción del video del go­ri­la inad­ver­ti­do y la re­pro­duc­ción del baión “Deben ser los go­ri­las”, pero sin la lec­tu­ra in­tro­duc­to­ria su­per­pues­ta:
Esta gra­ba­ción la hice el mismo sá­ba­do, dos horas antes de leer, pero no lle­gué a mez­clar­la ni me de­ci­dí a en­trar con el mi­cró­fono mien­tras so­na­ba la can­ción, desde el pri­mer coro, como había cal­cu­la­do para ter­mi­nar a la vez.
El final de ese “play­ba­ck gra­ba­do” se re­fie­re a la más­ca­ra de go­ri­la con que leí el en­sa­yo. En­car­nan­do el miedo a ha­blar del que es­ta­ba ha­blan­do y así en­mas­ca­ra­do, creo que tam­bién en­car­né el ri­dícu­lo, en lugar de sólo ac­tuar­lo; los ner­vios y la voz re­se­ca y rí­gi­da se­gu­ra­men­te ha­brán des­ba­ra­ta­do el efec­to desolem­ni­zan­te de la más­ca­ra (con la que no había en­sa­ya­do y en vivo me iba en­te­ran­do cuán­to li­mi­ta­ba la res­pi­ra­ción y el án­gu­lo de vi­sión).
El epí­gra­fe au­dio­vi­sual con Sein­feld tam­po­co quedó en vivo; el video que tenía era de baja ca­li­dad y es­ta­ba sub­ti­tu­la­do en por­tu­gués (aun­que eso no me des­agra­da­ba: hacía juego con otra ex­tran­je­ría cer­ca­na, la del do­bla­je en es­pa­ñol ibé­ri­co del do­cu­men­tal). Opté por leer la cita tra­du­ci­da.
Para más pre­via de la lec­tu­ra, en el co­men­ta­rio 1 me ex­pla­yo sobre la for­ma­ción, cró­ni­ca y agra­de­ci­mien­tos del en­sa­yo.


Hay 3 comentarios:

el Zambullista
1 29 de mayo de 2010, 8:46

Este ensayo surge como un desprendimiento de otro, en el que ocupaba la sección final; con el video del gorila inadvertido como único epígrafe, era el último de una serie de casos de identidades dobles. Por eso, aunque no esté integrado, está colgado (o estará colgado, según cuándo se esté leyendo esto) del último título interno de ese ensayo (que a su vez fue un desprendimiento de otro, y éste a su vez de otro).
Breve crónica. En un principio el ensayo a leer iba a ser aquel otro, “Identidades dobles”, porque era el más avanzado de todos los que estaba trabajando al momento de enterarme que se venía el quinto Medias y Sombreros. Con eso seguro, también consideré la posibilidad de escribir un ensayo nuevo sobre la sugerencia temática del encuentro, el ridículo; la duda era si me alcanzaría el tiempo. Poco después encontraba una solución intermedia: el desarrollo de la última sección con el epígrafe del gorila había derivado sola hacia el tema del ridículo. Al menos el final del ensayo iba a responder a la consigna, junto con el disfraz de gorila (que terminó sólo en máscara –y la máscara en regalo de cumpleaños para Gerardo–; todos los disfraces de gorila ya estaban alquilados para ese fin de semana del Bicentenario, excepto uno demasiado caro y poco convincente). Y ese fue el plan hasta la madrugada del viernes 21, cuando independicé la parte del ridículo y la reescribí en las siguientes tres sesiones (la última hasta las 9 de la noche del sábado 22).
Para esa reescritura fue de especial estímulo y ayuda una tertulia que mantuve esa madrugada del viernes, por Skype, con Nicolás y Humberto (un tipo callado pero que te hace hablar, como Fabián Polosecki). En la charla, y luego en e-mails, Nicolás me recordó el monólogo de Seinfeld y me mandó una de las versiones políticas del baión de los gorilas. Con otras versiones, incorporé ambos aportes al ensayo; a partir de ahí, su desarrollo consistió en escribir sobre cada uno de esos epígrafes y sus relaciones con el que ya tenía, el fragmento del documental de la BBC. En la medida de sus posibilidades, reciban mi agradecimiento esos contertulios generosos.


el Zambullista
2 1 de junio de 2010, 3:50

Aclaración: la versión del baión "Deben ser los gorilas" que se puede escuchar en el comentario anterior la hizo el mismo Nicolás para Tertulia.


el Zambullista
3 15 de mayo de 2017, 4:05

Respuesta a el Zambullista:

Repongo los links rotos del comentario 1. Este es el mail donde le respondo a Nicolás sobre el monólogo de Seinfeld. En este otro le agradezco el "merde mañana!" que me había mandado y le cuento una duda que después irá a parar a la introducción leída que se escucha al final del baión en el primer epígrafe de audio del ensayo. El tercer mail es 42 minutos posterior y contiene otros fragmentos que quedarán en el ensayo.