Ilusiones intelectivas



In­tro­duc­ción


            Án­gu­lo in­fe­rior iz­quier­do del dorso:
            “Nº 733 COR­DO­BA. La Mez­qui­ta
            La­be­rin­to de co­lum­nas
            Laby­rin­te de co­lon­nes
            Co­lumn’s Laby­rinth”

Las per­cep­cio­nes más con­vin­cen­tes no dejan de ser la ela­bo­ra­ción y el ma­ne­jo de una ima­gen que media entre el mundo y uno. Igual de con­vin­cen­tes pero más re­fu­ta­bles son las ilu­sio­nes per­cep­ti­vas (óp­ti­cas, au­di­ti­vas, etc.). Como éstas, las ilu­sio­nes in­te­lec­ti­vas (o ló­gi­cas o con­cep­tua­les) in­vo­lu­cran algo im­po­si­ble o sólo erró­neo que pasa por real. En ambos casos, es obvio, el éxito de una ilu­sión con­sis­te en pasar inad­ver­ti­da en cuan­to tal, en ser con­fun­di­da con un dato más del mundo.
Ya sea en el trán­si­to de una se­cuen­cia o en la com­po­si­ción de una de sus es­ce­nas, un error o un ab­sur­do de­be­ría hacer vi­si­ble a ese me­dia­dor con el mundo, como la me­dia­ción de un es­pe­jo con nues­tra ima­gen (o la de una ven­ta­na con una ima­gen ex­te­rior) se hace vi­si­ble en los bi­se­la­dos, las man­chas o las rayas de ese es­pe­jo (o esa ven­ta­na); o como los plie­gues mar­ca­dos de­la­tan la me­dia­ción de una pos­tal –que de chico hice avion­ci­to– con el la­be­rin­to de co­lum­nas de la Cór­do­ba es­pa­ño­la, por si el sello del án­gu­lo su­pe­rior iz­quier­do no al­can­za. Si en lugar de eso el error o el ab­sur­do queda in­vi­si­bi­li­za­do, su­ce­de la ilu­sión (su­ce­so que en las re­pre­sen­ta­cio­nes ar­tís­ti­cas cuen­ta con la coope­ra­ción del con­su­mi­dor).
Me in­tere­sa pen­sar en las ra­zo­nes por las que algo así puede pasar desa­per­ci­bi­do, ser acep­ta­do sin ma­yo­res re­sis­ten­cias. Vea­mos al­gu­nos de estos erro­res ade­cua­dos para ver cómo ad­quie­ren esa ade­cua­ción.

Caso 1: Bo­qui­ta sin pin­tar

Afi­che gi­gan­te en la calle, la pro­pa­gan­da de una mer­me­la­da ro­ji­za. En el afi­che, la cara feliz o ex­ta­sia­da de una mujer pu­bli­ci­ta­ria­men­te linda. En una mano de la mujer, una ga­lle­ti­ta un­ta­da tiene una es­qui­na mor­di­da. Para darle a esa fe­li­ci­dad una causa, con­vie­ne que la ga­lle­ti­ta tenga una mor­di­da; para evi­tar un de­ta­lle vi­sual­men­te cho­can­te y cum­plir con un ideal de son­ri­sa y de salud y be­lle­za bucal, con­vie­ne que su den­ta­du­ra luzca blan­quí­si­ma. Dos cosas que son con­ve­nien­tes por se­pa­ra­do son ab­sur­das jun­tas. La ilu­sión in­vi­si­bi­li­za la in­cohe­ren­cia y per­mi­te que las con­ve­nien­cias se acu­mu­len, que sus efec­tos se sumen en lugar de re­pe­ler­se. Si la ima­gen fuera la de un fo­to­gra­ma, de­du­ci­ría­mos que en esa pe­lí­cu­la hubo un error de con­ti­nui­dad.

Caso 2: La mejor caída



El mismo fe­nó­meno y con el mismo efec­to tiene lugar en el final de la pe­lí­cu­la “Bo­qui­tas pin­ta­das”, di­ri­gi­da por Leo­pol­do Torre Nil­son. A pe­di­do de Nené, re­cién muer­ta, su es­po­so saca de un cajón an­ti­guas car­tas de amor que otro, Juan Car­los, le había es­cri­to en su ju­ven­tud, y las tira por un in­ci­ne­ra­dor. Con la cá­ma­ra en el fondo, vemos un gran des­plie­gue de hojas que fla­mean con des­or­den y es­pec­ta­cu­la­ri­dad hacia no­so­tros. Sin em­bar­go, en la es­ce­na an­te­rior lo que el viudo había sa­ca­do del cajón y tras­la­da­do hasta el in­ci­ne­ra­dor era un fajo de car­tas con doble lazo cru­za­do, que en nin­gún mo­men­to se desata. Las car­tas ha­bían sido ar­chi­va­das hacía tiem­po por Nené. El doble lazo con­vie­ne al celo y al ol­vi­do de un ar­chi­vo. Pero re­sul­ta más ci­ne­ma­to­grá­fi­co el des­cen­so mo­ro­so de mu­chas hojas dan­zan­tes que la caída en pi­ca­da de un pa­que­te pe­sa­do.*
En la no­ve­la de Puig los pa­que­tes son dos:
Las car­tas ata­das con la cinta rosa ca­ye­ron al fuego y se que­ma­ron sin des­pa­rra­mar­se. En cam­bio el otro grupo de car­tas, sin la cinta ce­les­te que lo unie­ra, se en­cres­pa­ba al que­mar­se y se des­pa­rra­ma­ba en el horno in­ci­ne­ra­to­rio.
En lugar de ele­gir una de las dos du­plas es­ta­do del pa­que­te-modo de que­mar­se, Torre Nil­son armó una nueva com­bi­nan­do por el ab­sur­do las dadas: pa­que­te atado-des­pa­rra­mo.


Caso 3: Todo por aquí, todo por allá



Si la se­cuen­cia de “Bo­qui­tas pin­ta­das” y el cua­dro único del afi­che de mer­me­la­da te­nían un error de con­ti­nui­dad, la pro­pa­gan­da de Ser di­rec­ta­men­te in­cu­rre en uno de si­mul­ta­nei­dad. La ex­hi­bi­ción apo­teó­ti­ca de la marca hace que lle­guen a con­vi­vir dos es­ce­nas de es­plen­do­res nor­mal­men­te in­com­pa­ti­bles: Flo­ren­cia Peña ter­mi­na de lle­nar, sin mayor cui­da­do, un ca­rri­to de su­per­mer­ca­do, con un fondo que se va am­plian­do para dejar ver cada vez más gón­do­las inal­te­ra­ble­men­te lle­nas de lo mismo y en per­fec­ta for­ma­ción, sin un hueco ni un des­or­den que les haya de­ja­do esa carga hi­per­bó­li­ca. Es el águi­la in­sa­cia­ble co­mien­do las en­tra­ñas re­ge­ne­ra­bles de Pro­me­teo en­ca­de­na­do.
Nin­gún con­su­mi­dor te­le­vi­den­te de nues­tra mo­der­ni­dad pro­tes­ta­rá que a ese mito pu­bli­ci­ta­rio le falta rea­lis­mo; en­ten­de­rá (sin de­te­ner­se a en­ten­der­lo) que una per­so­na, un ca­rri­to, unos en­va­ses y unas gón­do­las, todos rea­lis­tas, com­po­nen una es­ce­na no rea­lis­ta, ca­ri­ca­tu­res­ca­men­te exa­cer­ba­da: hay una com­pra exa­ge­ra­da (a dos manos y de a mu­chos, ade­más) y hay una pre­sen­cia exa­ge­ra­da del quin­te­to de pro­duc­tos Ser, que abun­dan tanto que son los úni­cos que se ven­den, que se com­pran y que se ven.

Caso 4: Pro­mo­cio­nes caras



Salta, Museo de Ar­queo­lo­gía de Alta Mon­ta­ña, fe­bre­ro de 2008

“La re­vis­ta + un video de re­ga­lo a sólo $14,99”

Sólo cuan­do los es­pec­ta­do­res se can­san de que el héroe de la pe­lí­cu­la salga seco y pei­na­do de un río, em­pie­zan a per­ci­bir la in­cohe­ren­cia o dejan de per­do­nar­la. Hay otras es­ce­nas no menos re­ma­ni­das pero más re­sis­ten­tes al des­gas­te que suele oca­sio­nar una pér­di­da de sor­pre­sa y ori­gi­na­li­dad, y tam­bién menos di­si­mu­la­das. Entre ellas, las “ofer­tas” en las que el pre­cio finge ser menor o in­cluir un re­ga­lo (en la del epí­gra­fe, que com­bi­na ambas ilu­sio­nes mar­ke­ti­ne­ras, ni si­quie­ra se es­me­ra­ban en que la re­vis­ta no fuera ín­fi­ma). O una pro­mo­ción como la de las en­tra­das para el museo, en la que se di­si­mu­la una dis­cri­mi­na­ción des­fa­vo­ra­ble (para los no ar­gen­ti­nos) con otra fa­vo­ra­ble (para los ar­gen­ti­nos); en la que se finge que se di­fe­ren­cian pre­cios aba­ra­tan­do de 10 a 3, no en­ca­re­cien­do de 3 a 10.
Estos casos se suman al an­te­rior para ejem­pli­fi­car que un ardid no ne­ce­si­ta ser muy di­si­mu­la­do (ante los sen­ti­dos ni ante la me­mo­ria) para fun­cio­nar. Cual­quie­ra acep­ta­ría que, para el mo­men­to de la pro­mo­ción, el video de re­ga­lo puede re­pre­sen­tar hasta el 99% del pre­cio, y que $14,99 (ab­sur­da­men­te mucho para una re­vis­ta nor­mal) es des­pre­cia­ble­men­te di­fe­ren­te de $15, como que ni si­quie­ra exis­te el vuel­to de 1 cen­ta­vo. Es una va­rian­te de aque­llas ofer­tas que re­sul­tan idén­ti­cas a la suma de los pro­duc­tos que in­te­gran el combo, como casos de suma cero que se fin­gen ven­ta­jo­sos: el so­bre­pre­cio de la re­vis­ta que te dicen co­brar anula el aho­rro del video que te dicen re­ga­lar. Pero, a la ma­ne­ra de Ca­san­dra, lo que estas ra­zo­nes tie­nen de cer­te­ras no lo tie­nen de per­sua­si­vas (o de di­sua­si­vas). Una ilu­sión tan po­de­ro­sa que no se daña al ex­po­ner­se nos hace sen­tir que el pre­cio no llega a los 15, ob­viar qué tan cerca está y creer que in­clu­ye un video de re­ga­lo (o le hace decir a una em­plea­da de tu­ris­mo de Salta –un día antes del de la foto– que “acá no dis­cri­mi­na­mos a los ex­tran­je­ros con los pre­cios”). Como sea, me in­tere­sa que lo ma­ni­fies­to de su ac­tua­ción no le resta al truco efi­ca­cia psi­co­ló­gi­ca.

Caso 5: El me­dia­dor in­vi­si­ble



Hay al­gu­nas pro­pa­gan­das de te­le­vi­so­res que nos mues­tran sus co­lo­ri­das y bri­llan­tes pan­ta­llas, como si la me­dia­ción de nues­tro te­le­vi­sor no exis­tie­ra (o sea, como si no tu­vie­ra su pro­pia pan­ta­lla, con su pro­pia re­so­lu­ción, bri­llo y pro­fun­di­dad de color, y que en el peor de los casos puede ser en blan­co y negro).
Pero por ab­sur­do que pueda re­sul­tar el ar­gu­men­to, el truco, otra vez, no deja de ser efi­caz. Lo im­po­si­ble no afec­ta su ve­ro­si­mi­li­tud por­que no queda en evi­den­cia, al menos para una ma­yo­ría. Y creo que no queda en evi­den­cia a causa (y a cam­bio) de la sa­tis­fac­ción in­me­dia­ta que nos da: nos cum­ple el deseo de saber cómo se ve en un te­le­vi­sor marca Acme, que es lo que uno más quie­re saber de un te­le­vi­sor. Ade­más de ha­la­ga­dor, es un en­ga­ño que tam­bién nos cum­ple el deseo de fa­ci­li­dad en el cum­pli­mien­to de aquel deseo, al que su­ple­men­ta: como en el in­ter­cam­bio de roles entre Alá y la mon­ta­ña, en vez de ha­cer­nos ir hasta un te­le­vi­sor Acme para ver cómo se ve, nos mues­tra por nues­tro te­le­vi­sor cómo se ve el Acme que po­dría re­em­pla­zar­lo; nos cum­ple el deseo de saber eso y nos la hace fácil. En gra­ti­tud (tal vez se­cre­ta) por tanta sa­tis­fac­ción, de­ja­mos o ha­ce­mos que nos en­ga­ñe el ar­gu­men­to, como quien queda entre un haber caído en la ilu­sión y un estar ha­cien­do la vista gorda dis­traí­da­men­te.

Caso 6: La com­pa­ra­ción per­fec­ta




        «En todas las fic­cio­nes, cada vez que un hom­bre se en­fren­ta con di­ver­sas al­ter­na­ti­vas, opta por una y eli­mi­na las otras; en la del casi inex­tri­ca­ble Ts'ui Pên, opta –si­mul­tá­nea­men­te– por todas. Crea, así, di­ver­sos por­ve­ni­res, di­ver­sos tiem­pos, que tam­bién pro­li­fe­ran y se bi­fur­can. De ahí las con­tra­dic­cio­nes de la no­ve­la. Fang, di­ga­mos, tiene un se­cre­to; un des­co­no­ci­do llama a su puer­ta; Fang re­suel­ve ma­tar­lo. Na­tu­ral­men­te, hay va­rios desen­la­ces po­si­bles: Fang puede matar al in­tru­so, el in­tru­so puede matar a Fang, ambos pue­den sal­var­se, ambos pue­den morir, et­cé­te­ra. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desen­la­ces ocu­rren; cada uno es el punto de par­ti­da de otras bi­fur­ca­cio­nes.»

        «Leyó con lenta pre­ci­sión dos re­dac­cio­nes de un mismo ca­pí­tu­lo épico. En la pri­me­ra un ejér­ci­to mar­cha hacia una ba­ta­lla a tra­vés de una mon­ta­ña de­sier­ta; el ho­rror de las pie­dras y de la som­bra le hace me­nos­pre­ciar la vida y logra con fa­ci­li­dad la vic­to­ria; en la se­gun­da, el mismo ejér­ci­to atra­vie­sa un pa­la­cio en el que hay una fies­ta; la res­plan­de­cien­te ba­ta­lla le pa­re­ce una con­ti­nua­ción de la fies­ta y lo­gran la vic­to­ria.»

        De “El jar­dín de sen­de­ros que se bi­fur­can”, de Jorge Luis Bor­ges

En otra pro­pa­gan­da, una re­me­ra man­cha­da se bi­fur­ca para re­ci­bir a la vez dos la­va­dos con pro­duc­tos dis­tin­tos y una ex­hi­bi­ción por re­sul­ta­do, en manos de dis­tin­tas Flo­ren­cia Peña (una in­sa­tis­fe­cha y con un pei­na­do ave­jen­ta­do y la otra sa­tis­fe­cha y con un pei­na­do ju­ve­nil y de moda). En la no­ve­la El jar­dín de sen­de­ros que se bi­fur­can, una fan­ta­sía o con­cep­ción mul­ti­li­neal del tiem­po y un plan na­rra­ti­vo afín hacen que un mismo su­je­to corra dos (o más) suer­tes al­ter­na­ti­vas, en vez de se­guir por una e irrea­li­zar las otras. (La se­gun­da cita prue­ba con otra va­rian­te de roles cam­bia­dos: en el ca­pí­tu­lo que el bri­tá­ni­co y si­nó­lo­go Step­hen Al­bert le lee al chino y ca­te­drá­ti­co de in­glés Yu Tsun, una misma suer­te –la vic­to­ria de un ejér­ci­to– es mo­ti­va­da por dos cir­cuns­tan­cias al­ter­na­ti­vas y opues­tas, una ho­rro­ro­sa y la otra fes­ti­va.)
La re­me­ra tuvo otros mo­ti­vos; antes de pro­po­ner cuá­les, re­cor­de­mos que su his­to­rial doble no es una ima­gi­na­ción fi­lo­só­fi­ca ni li­te­ra­ria, sino una ilu­sión ge­ne­ra­da con tomas ne­ce­sa­ria­men­te no si­mul­tá­neas. Si de ser rea­lis­tas u ho­nes­tos se trata, la ad­ver­ten­cia de la “dra­ma­ti­za­ción” bien po­dría haber sido algo así: “En nin­gún caso las pren­das que este pro­duc­to lava pue­den ser so­me­ti­das si­mul­tá­nea­men­te al la­va­do de otro pro­duc­to”.
Ahora sí: ¿qué hace que la ilu­sión pase inad­ver­ti­da? Mon­te­mos el ar­gu­men­to sobre un poco de dra­ma­tur­gia:
–¿Cómo pre­fe­rís la com­pa­ra­ción: entre dos re­me­ras o con una sola?
–La di­fe­ren­cia entre las re­me­ras po­dría fa­vo­re­cer a uno de los ja­bo­nes; es más justo si se trata de una misma re­me­ra.
–¿La misma re­me­ra con dos man­chas dis­tin­tas?
–No, con la misma man­cha; si hay dos, el jabón que en la com­pe­ten­cia ata­que la man­cha más débil co­rre­rá con ven­ta­ja. Y no hay man­chas más igua­les entre sí que una man­cha cual­quie­ra con­si­go misma.
–¿Una sola re­me­ra con una misma man­cha en un solo la­va­do o en dos?
–Un solo la­va­do con dos ja­bo­nes no sería prác­ti­co: des­pués ha­bría que po­ner­se a dis­tin­guir los mé­ri­tos de cada jabón, algo que no sería im­po­si­ble pero sí de­ma­sia­do com­pli­ca­do. Igual de im­par­cial pero más prác­ti­co sería hacer dos la­va­dos si­mul­tá­neos.
–Prác­ti­co pero im­po­si­ble: dos la­va­dos dis­tin­tos de la misma pren­da sólo pue­den ser su­ce­si­vos.
–Pero en­ton­ces ya no pue­den ser tan com­pa­ra­bles, por­que el se­gun­do siem­pre cuen­ta con la ayuda del pri­me­ro.*


Habrá que ele­gir entre algo po­si­ble pero in­sa­tis­fac­to­rio y algo im­po­si­ble pero ideal.

Y pre­fie­ren hacer de cuen­ta que ocu­rrió un im­po­si­ble (o no ver el ab­sur­do que se co­me­tió) a pri­var­se de la com­pa­ra­ción per­fec­ta entre dos la­va­dos (la más neu­tral), que pre­mia al ga­na­dor con el poder de per­sua­sión de la má­xi­ma prue­ba de su­pe­rio­ri­dad lim­pia­do­ra. De­fi­ni­do el plei­to a favor de lo ideal y sa­tis­fac­to­rio, el im­po­si­ble puede ser tru­ca­do adre­de, como en la pu­bli­ci­dad, o no.

Hay 6 comentarios:

desparejo
1 13 de junio de 2010, 18:40

¿No debería Torre Nilson haber quemado el celuloide en esa última escena? Es verdad, no es el equivalente exacto a los puntos suspensivos del final de "Boquitas...". Pero si los puntos suspensivos represental la parte quemada del papel de las cartas, es la manera que encontró Puig de quemar el libro o las cartas en el libro. ¿Qué correspondía en la peli?¿Con filmar papel quemado alcanza o hay que quemar el celuloide?


el Zambullista
2 3 de septiembre de 2010, 20:13

Sobre lo que dijo desparejo (Parte I):

Copio el final de Boquitas pintadas, para entrar en tema (de paso, puede servir para comparar cómo fue esa incineración en el libro):

Las cartas atadas con la cinta rosa cayeron al fuego y se quemaron sin desparramarse. En cambio el otro grupo de cartas, sin la cinta celeste que lo uniera, se encrespaba al quemarse y se desparramaba en el horno incineratorio. Se soltaban las hojas y la llama que había de ennegrecerlas y destruirlas antes las iluminaba fugazmente. «...ya mañana termina la semana...» «...que desconfiara de las rubias ¿qué le vas a consultar a la almohada?...» «...unas lagrimitas de cocodrilo...» «...¿al cine? ¿quién te va a comprar los chocolatines?...» «...nada de malas pasadas porque me voy a enterar...» «...te besa hasta que le digas basta, Juan Carlos» «...por ahí me voy a enfermar de veras, de mala sangre que me hago...» «...cuando se desocupa una cama es porque alguien se murió...» «...Te juro rubia que me voy a conformar con darte un beso...» «...no digas a nadie, ni en tu casa, que vuelvo sin completar la cura...» «...yo hoy hago una promesa, y es que me voy a portar bien de veras...» «...Muñeca, se me termina el papel...» «...porque ahora siento que te quiero tanto...» «...mirá, rubia, ya de charlar un poco con vos me siento mejor ¡cómo será cuando te vea...» «...te quiero como no he querido a nadie...» «...También hay un hospital en Cosquín...» «...ni bien tenga más noticias te vuelvo a escribir...» «...el agua del río es calentita...» «...vos también estás lejos...» «...pero cada vez que leo tu carta me vuelve la confianza...»

Si los puntos suspensivos representan la parte quemada del papel de las cartas, entonces son la manera que encontró Puig de “quemar” las cartas en el libro: no (o no veo por qué) la manera de quemar el libro. En la peli, entonces, con filmar papel quemado alcanza. Así, ni Puig tuvo que quemar el libro para significar la quema de cartas, ni Torre Nilson tiene que quemar el celuloide para signficarla en el cine. La relación que el libro y la película tienen con esa cremación epistolar, que es una relación de significación, consistentemente funciona según un principio de diferenciación de roles o niveles, por el cual se evita que el libro o el celuloide sufran la quema que significan: lo que sucede en el juego no le sucede al juego. Cuando esto no pasa, tenemos una paradoja. Pero tanto esta transgresión del principio como la paradoja que da (o a la que expresa) deben ser corolarios de un argumento, no freaks de la lógica presentes por voluntad y gusto de quien los imagina; la mera postulación no es suficiente. Y no llego a ver un argumento que ponga a Torre Nilson en la necesidad de quemar el celuloide para significar la quema de unas cartas, o sea, que haga autológica la relación entre la significación y lo significado (la misma expectativa, pero frustrada, actúa en el chiste de “Todo junto va separado y separado va todo junto”).


el Zambullista
3 3 de septiembre de 2010, 20:22

Sobre lo que dijo desparejo (Parte II):

Por supuesto, nada de lo dicho en el comentario anterior impide jugar con esa idea, como hace tu sugerencia/pregunta y un gag del pizarrón que tiene que llenar Bart en la apertura de cada episodio: escribe “No debo” y destruye el pizarrón con un hacha (por única vez) en lugar de escribir (varias veces) “destruir el pizarrón con un hacha”. Imaginarlo a Torre Nilson en esa situación o en ese gesto puede servir precisamente para ver, transgresión y absurdo mediante, cómo es la distancia constitutiva de esa relación, la separación sobre la que se funda una significación, y cómo a través de un plus de significación se genera la ilusión de que esa separación no existe o no debería existir. Esa ilusión es análoga a la confusión catártica entre actor y personaje o a la creencia de que hay una conexión íntima, tal vez mágica, entre el retrato que se pincha y el retratado que se odia.
Y es análoga, también, a la acepción más literal o exigente de la verdad como correspondencia. De esta definición está hablando Vicente Fatone (página 111 de su manual de secundario Lógica e introducción a la filosofía) cuando matiza: «Pienso “Eso es oro”; y hay, ahí, algo que es oro. Habría una conformidad, o adecuación, total, si mi pensamiento también fuese oro, o si ese oro fuese también pensamiento. No se trata, pues, en esta definición de la verdad, de una correspondencia absoluta entre el pensamiento y su objeto, entre el pensamiento y el ser.» Y, podemos entender o agregar, entre el nombre y la cosa nombrada: la correspondencia tiene contraindicado ser absoluta en la definición de verdad que la use, pero también en la designación, en la relación entre el nombrar y lo nombrado. Si uno de los dos o cada uno es el otro, son uno, son el mismo y/o lo mismo (por absorción, en el primer caso; por identidad estricta, indiscernibilidad, en el segundo). En razón de la misma distancia, por ejemplo, nadie esperaría que la expresión dulce de leche fuera ella misma dulce o láctea; lo suyo es significar algo, no serlo. Lo mismo pasa, creo, entre la quema de cartas y el papel o el celuloide donde se la significa. Tal vez en compensación, jugamos a superar esa distancia insuperable cuando elegimos nombres según el sentido o el destino que deseamos que tenga (la existencia de) aquello a lo que le estamos poniendo un nombre.

Abrazo fuerte, y perdón por la demora en responder.


desparejo
4 13 de septiembre de 2010, 21:04

Sobre lo que dijo el Zambullista:

Sí, después de poner el comentario me di cuenta de que se me había escapado la tortuga, pero me adecué a la velocidad del replicante y me dije, tengo tiempo, mucho, para remediar el error, y aun así llegaré antes. No conté con su velocidad o con mi error de cálculo. En fin, un duelo de babosas. Por eso ahora prefiero pecar por rapidez, para variar un cacho.
Igual seguí pensando en eso después de su respuesta. Había un objeto a ser representado que era la carta quemada y una representación que era la peli. Sí, en verdad, no se tendría que quemar la representación para representar un objeto quemado. Me olvidé de la retórica. Lo que media entre la representación y lo representado es lo que evita un segundo incendio. Llámele lo metafórico o lo que le guste. Es lo mismo que hace que el actor que protagoniza a Luis XVI siga con la cabeza pegada al cuerpo después de hacer una peli sobre la Revolución Francesa o lo que hace que después de hacer esa peli, puedas seguir consiguiendo actores para hacer una remake o cualquier otra peli donde los protagonistas mueran. Si no, todos las Pascuas estaríamos llorando no sólo la crucifixión de Cristo, sino además la de Robert Powell.
Pero, si es verdad lo que dice Bajtin respecto de que una carta sería un género primario que en este caso es absorvido por un género secundario que sería la peli, entonces tenemos que la carta no sería un objeto simplemente, sino, además, algo (ponga discurso, dispositivo, sistema o lo que le guste según la escuela que le parezca mejor) que representa a otra cosa que sería el verdadero objeto representado y que está mediado dos veces, por lo menos. Esa cosa primera sería el mensaje de la carta, los sentimiento del remitente en este caso. Lo que se quema es el soporte de eso que se representa, el papel. No se quema el “dispositivo” (sabrá disculpar) de representación, el conjunto de herramientas discursivas que permiten representar el mensaje bajo la forma del género epistolar. Si la película que representa la carta, está hecha en su materialidad más concreta o palpable por el celuloide, que es el soporte de esa imagen que representa esa carta que representa los sentimientos del remitente, entonces, no está mal que por equivalencia se queme el celuloide.
Pero si seguimos paveando, diría que lo que nos importa en la novela de Puig es cómo ese género resolvió la representación no de una carta quemada, sino del fuego quemándola. Los puntos suspensivos son los que representan el fuego. Torre Nilson lo que hizo no fue representar la novela, lo que hubiese equivalido a representar los puntos suspensivos, sino el fuego. En ese sentido, filmar fuego es lo correcto.
Pero vemos que entonces, la decisión puede entenderse como no seguir en la sucesión de la subordinación: la carta representa los sentimientos del remitente, la novela representa a la carta, que representa a los sentimientos del remitente, quemándose, la película representa a la novela, que representa a la carta, que representa los sentimientos del remitente, quemándose. Acá aparece una duda que no podría discernir. ¿Pensó Torre Nilson en la representación de la novela de la carta quemándose o pensó en cómo representar una carta quemándose? La respuesta de la filmación de llamas puede interpretarse en cualquiera de los dos sentidos. Tanto para el segundo caso, como para el primero, donde lo que sucedió fue algo parecido a la traducción: ¿cómo se dice en cine esto que en novela se dice con puntos suspensivos?
No estoy convencido de ninguna de las hipótesis, claro, porque cuando entré a escribir no tenía mucha idea de adónde iba a llegar. Tal vez en unos meses, cuando volvamos a encontrarnos por acá, tenga más certezas o nuevas y peores conjeturas.
Abrazos


el Zambullista
5 25 de octubre de 2010, 5:25

Sobre lo que dijo el Zambullista:

Fe de erratas

Donde dice:

La relación que el libro y la película tienen con esa cremación epistolar, que es una relación de significación, consistentemente funciona según un principio de diferenciación de roles o niveles, por el cual se evita que el libro o el celuloide sufran la quema que significan: lo que sucede en el juego no le sucede al juego.

debe decir:

La relación que el libro y la película tienen con esa cremación epistolar, que es una relación de significación, consistentemente funciona según un principio de diferenciación de roles o niveles, por el cual se evita que el libro o el celuloide sufran la quema que significan: lo que sucede en el juego no le sucede al juego.


el Zambullista
6 25 de diciembre de 2013, 18:43

Respuesta a desparejo:

No fueron meses, sino años, y vuelvo sin más certezas y con conjeturas que no son nuevas y probablemente son peores. Y el reencuentro ni siquiera es por acá, sino por acá.
En fin, un genuino más de lo mismo, para variar.