Entusiasmos



I



Acabo de re­cor­dar que la cita de Kafka es la ter­ce­ra vez que la uso de epí­gra­fe, no la se­gun­da. Y ahora re­to­mo des­pués de ve­ri­fi­car fe­chas y com­pro­bar que la vez del tí­tu­lo me­lan­có­li­co Una cié­na­ga in­fi­ni­ta (una ver­sión llevó de sub­tí­tu­lo, entre pa­rén­te­sis: “Bio­gra­fía de es­pe­ra”) fue pos­te­rior a la vez que usé ese epí­gra­fe en una carta de amor a una ex novia para “ha­blar de un en­tu­sias­mo”. Y de lo que releí re­cién de la no­ve­la como si la le­ye­ra por una se­gun­da pri­me­ra vez, el tono puede ser me­lan­có­li­co, pero los prin­ci­pios y los idea­les tam­bién son de en­tu­sias­mo. Copio una parte, que no re­cuer­do si era un pa­sa­je de­fi­ni­ti­vo de la no­ve­la o el bos­que­jo de una his­to­ria que se quedó en ar­gu­men­to re­la­ta­do y co­men­ta­do (no muy di­fe­ren­te a los ac­tua­les, creo). Luego de un me­ca­nis­mo en­go­rro­so, se llega a una clá­si­ca for­mu­la­ción de deseo, por el que el per­so­na­je se in­tro­du­ce en un ex­pe­ri­men­to so­bre­na­tu­ral. Hoy le agre­ga­ría estos epí­gra­fes:




“Sólo en medio de la ac­ti­vi­dad desea­rías vivir cien años.”

Pro­ver­bio ja­po­nés im­pre­so en el re­ver­so de un bo­le­to de co­lec­ti­vo


De acuer­do con el ex­pe­ri­men­to, Dios me ofre­ce­ría vivir cuan­to yo qui­sie­se sin de­cli­nar, sin en­ve­je­cer de mis 28 años. No per­si­go el be­ne­fi­cio de la eter­na ju­ven­tud; ésta es tan sólo la edad ele­gi­da para el ex­pe­ri­men­to, no el ex­pe­ri­men­to mismo. No me será vá­li­do so­li­ci­tar una pró­rro­ga in­fi­ni­ta de mi vida, pero sí en cam­bio re­no­var­la cuan­tas veces desee, sin lí­mi­te.
Se trata de pro­bar si una per­so­na, al cabo de un tiem­po cual­quie­ra, es capaz de can­sar­se de vivir (se so­bre­en­tien­de que en con­di­cio­nes fa­vo­ra­bles –o in­clu­so idea­les– de exis­ten­cia; el mo­ti­vo del can­san­cio sólo debe ser el hecho mismo de vivir, no sus des­ven­tu­ras).
Por ejem­plo: le pido pri­me­ro a Dios que me ex­tien­da la vida unos cien años, por­que quie­ro lle­gar a es­cri­bir todo lo que tengo pen­dien­te; o apren­der fi­lo­so­fía, ma­te­má­ti­cas, fí­si­ca, quí­mi­ca, mú­si­ca (piano, es­pe­cial­men­te); o en­tre­nar­me mejor en el juego de las re­la­cio­nes per­so­na­les y so­cia­les. Al cabo de esos cien años, vuel­ve Dios y le pido que me re­nue­ve el plazo, para poder tra­ba­jar más pro­ve­cho­sa­men­te con las ha­bi­li­da­des, no­cio­nes y co­no­ci­mien­tos (re­cién) ad­qui­ri­dos y re­es­cri­bir al­gu­nas cosas que ya ca­ye­ron. Y luego de otros cien años re­gre­sa Dios a pre­gun­tar­me si aún quie­ro más tiem­po de vida o si ya estoy can­sa­do, si ya es su­fi­cien­te. No im­por­ta que otra vez re­nue­ve el pe­di­do; la cues­tión es saber si todas las veces lo haré, si siem­pre ten­dré ganas de pro­bar algo más o de re­vi­si­tar las de­gus­ta­cio­nes fa­vo­ri­tas. La cues­tión es saber si el deseo es inago­ta­ble.

Evi­tar la muer­te tal vez sea su­fi­cien­te mo­ti­vo para per­pe­tuar las pró­rro­gas, con lo que el ex­pe­ri­men­to se des­vir­tua­ría. No se trata de ob­te­ner, ni si­quie­ra de un modo di­si­mu­la­do o in­di­rec­to, ni la ju­ven­tud eter­na ni la in­mor­ta­li­dad. Por eso habré acor­da­do con Dios el si­guien­te trato: mo­ri­ría, como tra­ga­do por un abis­mo, en el pri­mer tiem­po de sobra que tu­vie­se en la vida. Vi­vi­ría hasta ex­pe­ri­men­tar el abu­rri­mien­to.

El en­tu­sias­ta se hizo vi­ta­lis­ta: de­cla­ra su in­com­pa­ti­bi­li­dad con el abu­rri­mien­to, y hace que le vaya en eso la vida; se­ña­la al abu­rri­mien­to como su opues­to in­con­vi­vi­ble: él o yo. El abu­rri­mien­to acep­ta el con­vi­te, pero no pro­me­te re­ci­pro­ci­dad: él es bi­fron­te, y en la otra cara se en­fren­ta a (y se con­fun­de con) la di­ver­sión, el en­tre­te­ni­mien­to, la dis­trac­ción casi far­ma­co­ló­gi­ca, la in­ven­ción de nue­vas for­mas de matar el tiem­po. A esta so­bre­vi­da pacta re­nun­ciar el per­so­na­je en­tu­sias­ta.


II


Y es que en sí mismo el abu­rri­mien­to no es letal; es sólo un mal cró­ni­co en per­ma­nen­te tra­ta­mien­to; o in­clu­so ape­nas otra ne­ce­si­dad bá­si­ca más, la de sen­ti­dos vi­go­ri­zan­tes, la de es­tí­mu­los vi­ta­lis­tas. (Tam­bién po­dría ar­gu­men­tar­se que el en­tu­sias­ma­do re­ci­be una in­yec­ción es­pe­cial de sen­ti­do, como de in­su­li­na un dia­bé­ti­co, ahí donde un no en­tu­sias­ma­do opera igual con menos re­que­ri­mien­tos.) Esa ne­ce­si­dad puede ser ali­via­da (la an­sie­dad baja, tal vez se es­ta­bi­li­za) o puede que­dar en­vuel­ta en el vér­ti­go con que cre­cen las dosis del adic­to y su adic­ción (la an­sie­dad sube, au­to­ges­tio­na­da, y tien­de a la gra­dual y co­rro­si­va con­vic­ción de la in­sig­ni­fi­can­cia de todo, la ro­tu­ra del he­chi­zo sen­ti­dó­fi­lo con el de­ve­la­mien­to de la falta ori­gi­na­ria de sen­ti­do o con su pér­di­da, sú­bi­ta o pro­gre­si­va).*
Una di­gre­sión. El mismo vér­ti­go di­bu­ja tam­bién un pro­ce­so de con­cen­tra­ción del poder y de los bie­nes en una co­mu­ni­dad: una mi­no­ría, menos nu­me­ro­sa que la vez an­te­rior, capta una ma­yo­ría de ri­que­zas, más nu­me­ro­sa que la vez an­te­rior. Por un lado, ese cre­ci­mien­to sos­te­ni­do es cos­to­so, y la ener­gía no es in­fi­ni­ta. Por otro lado, una con­cen­tra­ción pro­gre­si­va se di­ri­ge hacia un es­ta­lli­do, como cual­quier otra bur­bu­ja.
Como sea, nada de lo que no nos pueda dis­traer por un rato un buen pa­sa­tiem­po.
Des­pués de todo, lo que es­pe­ra de no­so­tros la má­qui­na cul­tu­ral que nos ocupa la vida no es que nos cues­tio­ne­mos si tiene sen­ti­do tra­ba­jar en el man­te­ni­mien­to o en el desa­rro­llo de esa má­qui­na, que no será eter­na, sino que ac­tue­mos y tra­ba­je­mos como si lo tu­vie­ra (cum­ple con un re­qui­si­to bá­si­co para ello: nos pre­exis­te y nos va a so­bre­vi­vir: nos tras­cien­de). Nues­tro tra­ba­jo se hará más efi­caz y nues­tra ac­tua­ción más con­vin­cen­te si ade­más adop­ta­mos la creen­cia (o la con­vic­ción ín­ti­ma o el sen­tir) de que, apar­te de ne­ce­sa­rio para mo­ti­var­nos a ac­tuar, ese sen­ti­do es real, es una reali­dad ex­ter­na (mejor dicho, somos cosas dis­tin­tas com­par­tien­do un mismo ám­bi­to de exis­ten­cia, no eso una cons­truc­ción nues­tra, sea una ilu­sión útil o un mero sueño). Y si de jus­ti­fi­car la ac­ción se trata, basta con ver en esa obra con la que se co­la­bo­ra, la cul­tu­ra, una he­rra­mien­ta de nues­tra es­pe­cie para su adap­ta­ción al medio, cada vez más com­ple­ja.

Pre­fe­rir o acep­tar morir con el pri­mer abu­rri­mien­to sigue una tra­di­ción: es como acep­tar hun­dir­se con la pro­pia nave; es como ne­gar­se a so­bre­vi­vir al gran amor de una vida; es morir en la suya, como se decía en el fút­bol; es pre­fe­rir morir de pie a vivir de ro­di­llas, como se dice en los mo­vi­mien­tos li­ber­ta­rios. Es la apo­teo­sis ro­mán­ti­ca del en­tu­sias­mo.
Si en las dos veces an­te­rio­res que usé la cita de Kafka como epí­gra­fe hablé del en­tu­sias­mo, tam­bién en esta ter­ce­ra vez, cuan­do el tema llegó al tí­tu­lo y a la firma (hace hoy un año), voy a in­ten­tar decir algo.


III


Un zam­bu­llis­ta puede ser al­guien que prac­ti­ca zam­bu­lli­das como un fut­bo­lis­ta es al­guien que prac­ti­ca fút­bol o un cla­va­dis­ta, cla­va­dos. Y en­ton­ces un zam­bu­llis­ta kaf­kiano es, en este pseu­do blog, sólo al­guien que es­cri­be y pu­bli­ca sus en­tu­sias­mos. Pero un zam­bu­llis­ta tam­bién puede ser un par­ti­da­rio del zam­bu­llis­mo, como un so­cia­lis­ta lo es del so­cia­lis­mo. Y en­ton­ces un zam­bu­llis­ta es al­guien que mi­li­ta en o por una idea o un ideal. ¿Cómo sería el “ismo” del en­tu­sias­mo?
En la me­tá­fo­ra del hom­bre que hace Kafka el en­tu­sias­mo no es un es­ta­do per­ma­nen­te o re­cu­rren­te, sino un ata­que oca­sio­nal de con­se­cuen­cias pe­que­ñas y fu­ga­ces (rá­pi­da­men­te ab­sor­bi­das en la in­fi­ni­ta apa­tía ce­na­go­sa). El zam­bu­llis­mo nace como me­tá­fo­ra y ce­le­bra­ción de ese en­tu­sias­mo breve y ais­la­do. Pero el fes­te­jo de esta ex­cep­ción ex­ci­tan­te es sólo la pri­me­ra pa­ra­da de un viaje, el que lleva al zam­bu­llis­mo hacia sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias. En la úl­ti­ma pa­ra­da, la asi­me­tría bru­tal se in­vier­te: el en­tu­sias­mo pro­li­fe­ra o re­in­ci­de y per­du­ra, mien­tras que la apa­tía (o la in­di­fe­ren­cia o el abu­rri­mien­to) ha des­a­pa­re­ci­do o se ha frag­men­ta­do en cir­cuns­tan­cias suel­tas, pe­que­ñas tur­bu­len­cias en el tran­ce del en­tu­sias­ta.

En el juego de ganar almas (si vie­nen con co­ra­zón y cuer­po, mejor), las que más desea ganar un zam­bu­llis­ta son las almas en­tu­sias­ma­das, las arre­ba­ta­das por una avi­dez de co­no­ci­mien­tos y ha­bi­li­da­des, las atraí­das por un in­te­rés per­ti­naz, las ga­na­das por una pa­sión.
Son actos gra­tui­tos los que hace un en­tu­sias­ma­do, no ac­cio­nes in­tere­sa­das; se hacen por­que se ne­ce­si­ta ha­cer­las por la ex­pe­rien­cia pla­cen­te­ra que se tiene al ha­cer­las, no por las re­com­pen­sas de una re­mu­ne­ra­ción, una fama o una glo­ria, a cuya po­se­sión y re­co­no­ci­mien­to se su­pe­di­te la sa­tis­fac­ción de la ac­ción desa­rro­lla­da. Ya de por sí es pla­cen­te­ro con­tem­plar el goce in­men­sa­men­te más in­ten­so y mi­nu­cio­so que trans­fi­gu­ra la cara de esa alma; el dis­fru­te de al­guien in­mer­so en algo que hace por­que quie­re y ne­ce­si­ta, no por­que está pre­vis­to o pau­ta­do; el en­tu­sias­mo y la con­cen­tra­ción con que juega a lo que le gusta y le da pla­cer.
Un zam­bu­llis­ta busca ganar almas así y me­re­cer que lo ganen ju­ga­do­res que bus­quen almas así; afi­nar esa bús­que­da me­re­ce más es­fuer­zos y tiem­po que la de agran­dar el nú­me­ro.


IV


En el otro dúo que forma el abu­rri­mien­to, el pla­cer de un en­tre­te­ni­mien­to (dis­trac­ción, di­ver­sión, pa­sa­tiem­po) es de fácil y rá­pi­da ob­ten­ción (cuan­to más, mejor). El pla­cer de un en­tu­sias­mo arre­ba­ta­dor es una con­quis­ta, no un re­ga­lo o una ofer­ta con­ve­nien­te; exige un es­fuer­zo, una de­di­ca­ción y tiem­po, una ten­sión orien­ta­da a re­sol­ver o lo­grar algo. Pero tam­bién debe pro­me­ter ese es­fuer­zo, por­que es ese tra­ba­jo la fuen­te y la ener­gía del pla­cer en­tu­sias­ta, no la con­tem­pla­ción or­gu­llo­sa de sus lo­gros, que tam­bién puede ha­ber­la.
No se trata de hacer un elo­gio del es­fuer­zo y el tra­ba­jo, sino de ar­gu­men­tar su iden­ti­fi­ca­ción con lo que hace feliz al en­tu­sias­ma­do, en tanto ahí tie­nen lugar sus en­cuen­tros con los ju­gue­tes fa­vo­ri­tos de su con­cien­cia (los que dan de esa per­so­na los datos que más va­lo­ra otro zam­bu­llis­ta). Pero si de ca­li­dad se trata, ese elo­gio ya se ha hecho. Lo en­con­tra­mos en di­chos po­pu­la­res (esa suer­te tuvo el de Ni­co­lás Pous­sin: “El tiem­po no per­do­na lo que se hace sin él”) y en teo­rías del arte.


V


Os­val­do Be­rar­di con Polo en el epi­so­dio “Re­la­cio­nes cor­dia­les”, de El vi­si­tan­te.


Ma­no­lo Gir­vez con Polo en el epi­so­dio “Re­la­cio­nes cor­dia­les”, de El vi­si­tan­te


En “El ar­tis­ta como lu­gar­te­nien­te”, el fi­ló­so­fo Theo­dor Adorno cita al poeta Paul Va­léry:

«“Lo que llamo ‘arte gran­de’ es, en una pa­la­bra, el arte que re­cla­ma des­pó­ti­ca­men­te para sí todas las ca­pa­ci­da­des de un hom­bre, y cuyas obras son tales que todas las ca­pa­ci­da­des de otro hom­bre tie­nen que sen­tir­se lla­ma­das y tie­nen que po­ner­se a con­tri­bu­ción para poder en­ten­der­las...”»

A su vez, el poeta Va­léry habla del pin­tor Degas; cita el fi­ló­so­fo Adorno:

«Va­léry dice de él: “El tra­ba­jo, el di­bu­jo, se con­vir­tie­ron para él en pa­sión, en ri­gu­ro­sos ejer­ci­cios, en ob­je­to de una mís­ti­ca y de una ética au­to­su­fi­cien­tes, en su­pre­ma in­ten­ción que su­pri­mía en re­so­lu­ción toda obra, en im­pul­so para ta­reas pre­ci­sas y nunca re­suel­tas que lo li­be­ra­ban de cual­quier otra cu­rio­si­dad”.»

Adorno cita otra vez a Va­léry, que «re­pro­du­ce una ma­ni­fes­ta­ción de Degas cuan­do tenía die­ci­sie­te años»:

«“Hay que tener una opi­nión alta no tanto de aque­llo que se está ha­cien­do por el mo­men­to, sino más bien de lo que un día se habrá de hacer; sin esto no vale la pena tra­ba­jar”. Va­léry lo in­ter­pre­ta así: “De este modo habla el or­gu­llo au­tén­ti­co, con­tra­ve­neno de toda va­ni­dad. Del mismo modo que el ju­ga­dor me­di­ta fe­bril­men­te sobre sus par­ti­das, se ve aco­sa­do de noche por el fan­tas­ma del ta­ble­ro de aje­drez o de la mesa de juego, en la que caen las car­tas, por com­bi­na­cio­nes tác­ti­cas y so­lu­cio­nes tan apa­sio­nan­tes como nulas, así tam­bién el ar­tis­ta que lo es esen­cial­men­te. Un hom­bre que no sea aco­sa­do cons­tan­te­men­te por una pre­sen­cia tan vio­len­ta­men­te con­su­ma­do­ra es un hom­bre sin des­tino: tie­rra en bar­be­cho. El amor, sin duda, y la am­bi­ción, lo mismo que la co­di­cia, exi­gen mucho es­pa­cio en una vida hu­ma­na. Pero la pre­sen­cia de un fin se­gu­ro y la cer­te­za, con él li­ga­da, de que esa meta se en­cuen­tra cerca o lejos, al­can­za­da o no al­can­za­da, ponen de­ter­mi­na­dos lí­mi­tes a esas pa­sio­nes. En cam­bio, el deseo de crear algo de lo que nazca un poder o una per­fec­ción ma­yo­res de lo que no­so­tros mis­mos es­pe­ra­mos de no­so­tros aleja in­fi­ni­ta­men­te al ob­je­to en cues­tión, que se es­ca­pa y se niega en todo mo­men­to te­rreno. Cual­quier pro­gre­so por nues­tra parte lo aleja tanto como lo em­be­lle­ce. La idea de do­mi­nar un día com­ple­ta­men­te la téc­ni­ca de un arte, la idea de en­con­trar­se al­gu­na vez en si­tua­ción de dis­po­ner de sus me­dios tan sin es­fuer­zo como se dis­po­ne del uso nor­mal de los sen­ti­dos y de los miem­bros, es uno de esos de­seos a los cua­les cier­tos hom­bres tie­nen que reac­cio­nar con una te­na­ci­dad in­fi­ni­ta, con es­fuer­zos, ejer­ci­cios y tor­men­tos in­fi­ni­tos”.»

Es el turno de Adorno in­ter­pre­tan­do a Va­léry in­ter­pre­tan­do a Degas, para darle un valor so­cial y po­lí­ti­co a esa exa­cer­ba­ción per­so­nal:

«Va­léry pone la an­tí­po­da a las mo­di­fi­ca­cio­nes an­tro­po­ló­gi­cas ocu­rri­das bajo la cul­tu­ra de masas de la era in­dus­trial tar­día, do­mi­na­da por re­gí­me­nes to­ta­li­ta­rios o trust gi­gan­tes­cos, y que re­du­ce a los hom­bres a mero apa­ra­tos de re­cep­ción, a pun­tos re­fe­ren­cia­les de con­di­tio­ned re­fle­xes y pre­pa­ra así la si­tua­ción de ciego do­mi­nio y nueva bar­ba­rie. El arte que él mues­tra a los hom­bres, tal como éstos son, sig­ni­fi­ca fi­de­li­dad a la ima­gen po­si­ble del hom­bre. La obra de arte que exige lo sumo, tanto de la pro­pia ló­gi­ca y de la pro­pia con­cor­dan­cia cuan­to de la con­cen­tra­ción del que la re­ci­be, es para Va­léry sím­bo­lo del su­je­to dueño y cons­cien­te de sí mismo, de aquel que no ca­pi­tu­la. No ca­sual­men­te cita con en­tu­sias­mo una de­cla­ra­ción de Degas con­tra la re­sig­na­ción. Su obra en­te­ra es toda ella una pro­tes­ta con­tra la mor­tal ten­ta­ción de ha­cer­se las cosas fá­ci­les re­nun­cian­do a la fe­li­ci­dad total y a la ver­dad en­te­ra. Mejor pe­re­cer en lo im­po­si­ble. El arte den­sa­men­te or­ga­ni­za­do, ar­ti­cu­la­do sin la­gu­nas y sen­sua­li­za­do pre­ci­sa­men­te por su fuer­za de con­cien­cia, ese arte que busca Va­léry, es ape­nas rea­li­za­ble. Pero ese arte en­car­na la re­sis­ten­cia con­tra la pre­sión in­de­ci­ble que el mero ente ejer­ce sobre lo hu­mano. Ese arte está en re­pre­sen­ta­ción de aque­llo que po­dría­mos ser. No aton­tar­se, no de­jar­se en­ga­ñar, no co­la­bo­rar: tales son los modos de com­por­ta­mien­to so­cial que se de­can­tan en la obra de Va­léry, la obra que se niega a jugar el juego del falso hu­ma­nis­mo, del acuer­do so­cial con la de­gra­da­ción del hom­bre.»

Por su parte, el poeta Ce­sa­re Pa­ve­se vuel­ve el foco a la di­men­sión in­di­vi­dual del asun­to y des­de­ña los pre­mios de la pos­te­ri­dad a cam­bio de evi­tar la de­pre­sión de no en­con­trar­le sen­ti­do al ac­tuar. El 1º de julio de 1947 es­cri­be en su dia­rio per­so­nal, El ofi­cio de vivir, unas pa­la­bras que, según la nota de donde las leí, «gus­ta­ba citar en pri­va­do y en re­por­ta­jes Juan José Saer»:

«En sus­tan­cia, ¿por qué desea­mos ser gran­des, ser ge­nios crea­do­res? ¿Para la pos­te­ri­dad? No. ¿Para cir­cu­lar entre la mul­ti­tud, y que ésta nos se­ña­le con el dedo? No. Para sos­te­ner­nos en la fa­ti­ga co­ti­dia­na, en la cer­te­za de que vale la pena cuan­to ha­ce­mos, de que es algo único. Por el pre­sen­te, no por la eter­ni­dad.»

Si la “fa­ti­ga co­ti­dia­na” es la del tra­ba­jo con que busca cum­plir­se el deseo de ser gran­de, ha­cer­lo sin al menos creer que vale la pena es tan im­po­si­ble como hacer fun­cio­nar una lo­co­mo­to­ra sin ener­gía. Y si la “fa­ti­ga co­ti­dia­na” en la que nos sos­tie­ne la ge­nia­li­dad es la de los tra­ba­jos co­ti­dia­nos, la del mero vivir, yo diría que es mucho para tan poco. A la ma­yo­ría le al­can­za con hacer buena letra y de­gus­ta­cio­nes gra­tis; hay que estar ame­na­za­do por una de­pre­sión gran­de para ne­ce­si­tar o desear tanto para con­ju­rar­la.
Ce­sa­re Pa­ve­se se mues­tra más preo­cu­pa­do por el pre­sen­te de esa ame­na­za que enamo­ra­do del fu­tu­ro. Pero el fu­tu­ro te tiene que pro­vo­car ex­pec­ta­ti­vas para desear hacer cosas en el pre­sen­te, para dis­fru­tar ir a su en­cuen­tro, in­tere­sa­do en se­guir o al­can­zar algo. Por eso, cuan­do un en­tu­sias­ma­do le teme a la muer­te, le teme a una muer­te muy cor­ta­mam­bo. Es el miedo a morir antes de ter­mi­nar, a ser in­te­rrum­ptus en pleno coitus, a que se ma­lo­gre un cre­ci­mien­to vi­go­ro­so de la con­cien­cia (no a que se abre­vie una ago­nía de des­va­ríos se­ni­les, por ejem­plo).

Hay 4 comentarios:

istmo
1 26 de octubre de 2009, 20:28

buenas zambullista, comparto la definicion me considero uno dentro de la diciplina de la intervencion el entusiasmo y el placer inherente de la actividad vandalista comunicativa dirigen mi accionar.te dejo un link .las intervenciones te pueden interesar, saludos
www.flickr.com/photos/ivolucian


el Zambullista
2 28 de octubre de 2009, 22:09

Buenas, istmo.
Como supusiste, me interesaron las intervenciones (que justo la de la rutina haya persistido 2 semanas es notable), y me gustaron también las abstracciones, algunas realmente mucho (por ejemplo, fondo superficie, relieve, copula, tulum y fragmentos de textura 3).
Te agradezco la lectura. Saludos.


el Zambullista
4 22 de marzo de 2010, 16:52

Te agradezco que hayas leído todo eso y el regreso a los comentarios (las respuestas pendientes hacen que no lo merezca; gracias también por eso).