Lecciones de ajedrez



«Para que pueda el hom­bre ven­cer los múl­ti­ples obs­tácu­los que la vida le pre­sen­ta, es pre­ci­so tener el es­pí­ri­tu preso en las raí­ces de una am­bi­ción que lo im­pul­se a una meta.»

Malba Tahan, El hom­bre que cal­cu­la­ba, Edi­to­rial Vos­gos, Bar­ce­lo­na, 1976; Ca­pí­tu­lo XVI, p. 85.



1.

Como co­rres­pon­de a un juego de es­tra­te­gia, en la le­yen­da del aje­drez se habla de sa­cri­fi­cios va­lio­sos y, en una pers­pec­ti­va que los in­clu­ye, de al­ter­na­ti­vas (en for­ma­tos sur­ti­dos: au­sen­tes, in­me­jo­ra­bles, im­po­si­bles, obli­ga­das, aca­ta­das, bur­la­das). Em­pe­ce­mos por el medio.
Ia­da­va, rey de Ta­li­ga­na, des­cree del desa­pe­go de Lahur Sessa, el in­ven­tor del juego, y lo fuer­za a pedir una re­com­pen­sa por su in­ven­to. La frase del epí­gra­fe (ejem­plo de que se puede estar en lo cier­to y usar­lo para lo equi­vo­ca­do o lo in­jus­to) es la que pre­ce­de a la exi­gen­cia, que Sessa obe­de­ce fa­mo­sa y pa­ró­di­ca­men­te: pide «un grano de trigo por la pri­me­ra ca­si­lla del ta­ble­ro, dos por la se­gun­da, cua­tro por la ter­ce­ra, ocho por la cuar­ta y así du­pli­can­do su­ce­si­va­men­te hasta la se­xa­gé­si­ma cuar­ta y úl­ti­ma ca­si­lla del ta­ble­ro».
Esa serie de du­pli­ca­cio­nes su­ce­si­vas es una pro­gre­sión geo­mé­tri­ca de base 2 y de 64 pasos: 2⁰ (1), 2¹ (2), 2² (4), 2³ (8), y así hasta 2⁶³. Yendo de iz­quier­da a de­re­cha por las co­lum­nas y de abajo arri­ba por las filas, lo que pide Sessa por cada ca­si­lla se puede ver en este ta­ble­ro:


¿Cuán­tos gra­nos de trigo pidió Sessa en total, su­man­do los de todas las ca­si­llas? 2⁶⁴─1 = 18.​446.​744.​073.709.551.999 (die­ci­ocho tri­llo­nes cua­tro­cien­tos cua­ren­ta y seis mil se­te­cien­tos cua­ren­ta y cua­tro bi­llo­nes se­ten­ta y tres mil se­te­cien­tos nueve mi­llo­nes qui­nien­tos cin­cuen­ta y un mil no­ve­cien­tos no­ven­ta y nueve). En cual­quier paso de la suma 2⁰+2¹+2²+2³...+2⁶³, la can­ti­dad de gra­nos acu­mu­la­dos es igual a la can­ti­dad de la po­ten­cia si­guien­te menos 1. Por ejem­plo, en la ca­si­lla 3, que "paga" 4 gra­nos (2²), lo acu­mu­la­do es 4+2+1= 7 gra­nos, que es 1 menos que 8 (2³). Por lo tanto, en la ca­si­lla 64, que "paga" 2⁶³ gra­nos, lo acu­mu­la­do es 2⁶⁴─1.
Para darle al rey una idea de lo que re­pre­sen­ta ese nú­me­ro, «los al­ge­bris­tas más há­bi­les de la corte» re­cu­rren a ilus­trar una des­me­su­ra es­pa­cial y otra tem­po­ral: le in­for­man que «el trigo que habrá que darle a Lahur Sessa equi­va­le a una mon­ta­ña que te­nien­do por base la ciu­dad de Ta­li­ga­na se alce cien veces más alta que el Hi­ma­la­ya. Sem­bra­dos todos los cam­pos de la India, no da­rían en dos mil si­glos la can­ti­dad de trigo que según vues­tra pro­me­sa co­rres­pon­de en de­re­cho al joven Sessa».
El di­se­ño de la pro­gre­sión du­pli­can­te, cuyo total Ia­da­va había es­ti­ma­do en un pu­ña­do de gra­nos (que no ser­vi­rían «ni para dis­traer du­ran­te al­gu­nos días el ham­bre del úl­ti­mo paria de mi reino»), logra por sí solo un efec­to tal que hu­bie­ra dado lo mismo cual­quier otra mo­ne­da de pago. Sessa puede darse el lujo de ha­cer­se acree­dor de 18.​446.​744.​073.709.551.999 sim­ples gra­nos de trigo, en lugar de per­las, joyas o al­gu­na otra sun­tuo­si­dad, sin que cam­bie lo im­pa­ga­ble que es, sin que merme el poder sobre el in­cau­to, que acá es un rey. (Y a pro­pó­si­to, el ham­bre del úl­ti­mo paria de su reino se dis­trae­ría por mu­chí­si­mo más tiem­po del que lleva exis­tien­do el uni­ver­so.)

Con esa exor­bi­tan­cia, in­sos­pe­cha­da y sub­es­ti­ma­da, Sessa le hace al rey una de­mos­tra­ción obli­ga­da de «la falsa mo­des­tia de los am­bi­cio­sos», ante la que se ob­ce­can «los hom­bres más in­te­li­gen­tes», igual que ante «la apa­rien­cia en­ga­ño­sa de los nú­me­ros».*
Una de­mos­tra­ción si­mi­lar en carne pro­pia, pero de la falsa leal­tad de los am­bi­cio­sos, le hace con otra “apa­rien­cia en­ga­ño­sa” don Illán de To­le­do al deán de San­tia­go, que le pide una ini­cia­ción en la magia. En lo que tarda en lle­gar la hora de pre­pa­rar la cena, el deán va acu­mu­lan­do poder e in­cum­pli­mien­tos hasta de­ten­tar el su­fi­cien­te para ani­mar­se a rom­per con ame­na­zas su pro­me­sa. Reac­cio­nes ve­ra­ces en si­tua­cio­nes ilu­so­rias con­fir­man la hi­pó­te­sis ini­cial de don Illán.
El in­ven­tor y pri­mer aje­dre­cis­ta logra bur­lar la ob­ce­ca­ción del rey, que pre­ten­dió no de­jar­le otra al­ter­na­ti­va más que pedir o des­obe­de­cer; la ma­nio­bra ejem­pli­fi­ca cómo el «ver­da­de­ro sabio», según con­clu­ye su lec­ción el pro­pio Sessa, «se eleva [...] por en­ci­ma de todas las al­ter­na­ti­vas»: del la­be­rin­to se sale por arri­ba, como todo el mundo sabe. (Pro­ble­ma di­suel­to, diría Witt­gens­tein.)
Así, la ma­ne­ra que tuvo Sessa de pasar por en­ci­ma de la al­ter­na­ti­va que el rey que­ría im­po­ner­le fue ha­cién­do­se pro­me­ter un im­po­si­ble, para ejer­cer en­ton­ces una ge­ne­ro­si­dad mayor y una re­afir­ma­ción del desa­pe­go cen­su­ra­do; obli­gó a Ia­da­va a una deuda per­pe­tua y se la con­do­nó en el pri­mer mi­nu­to. Po­de­mos edi­to­ria­li­zar­lo así: una ge­ne­ro­si­dad com­pen­sa­to­ria, la mayor del reino, fra­ca­só en im­po­ner­se a la mayor ge­ne­ro­si­dad (sin­ce­ra­men­te) de­sin­te­re­sa­da, la que de­fen­dió con éxito un sabio pero joven y pobre braha­mán. Otro David que de­rri­ba a su Go­liat, pero con la ayuda ex­ter­na y di­vi­na re­em­pla­za­da por «la tabla de cálcu­lo de su pro­pia in­te­li­gen­cia».

Sessa ataca al co­ra­zón mismo de ese po­de­río al ha­cer­le co­lap­sar su poder de cum­plir pe­di­dos, ga­ran­te del ta­ma­ño y las es­pal­das de su ge­ne­ro­si­dad. Y lo hace si­mu­lan­do el sa­cri­fi­cio de una am­bi­ción per­so­nal, algo que Ia­da­va se apre­su­ra en creer y le cues­ta esa par­ti­da fuera de ta­ble­ro; si el rey ter­mi­na co­no­cien­do la im­po­ten­cia (y la de­pen­den­cia de la ge­ne­ro­si­dad ajena) es por­que fra­ca­sa como es­tra­te­ga. De­mo­ré­mo­nos bre­ve­men­te en los atri­bu­tos afec­ta­dos, por­que son los mis­mos en los que se des­ta­ca.
El na­rra­dor, que cuen­ta lo que cuen­ta Be­re­miz (el hom­bre que cal­cu­la­ba), in­vo­ca dos veces a «los his­to­ria­do­res» en su re­la­to: una, en la pre­sen­ta­ción de Ia­da­va, «se­ña­la­do por va­rios his­to­ria­do­res hin­dúes como uno de los so­be­ra­nos más ricos y ge­ne­ro­sos de su tiem­po» (aun­que no se sepa bien cuál es ese tiem­po, según se nos dice en la pri­me­ra frase del ca­pí­tu­lo); la otra, para co­mu­ni­car­nos su otra ap­ti­tud su­per­la­ti­va, la del otro es­ce­na­rio po­si­ble para el rey, des­pués de «su sun­tuo­so pa­la­cio de Andra»: «po­seía, según lo que de él nos dicen los his­to­ria­do­res, un ta­len­to mi­li­tar no fre­cuen­te». Tran­si­tar de un es­ce­na­rio a otro es estar yendo o vol­vien­do de una gue­rra que, «con su cor­te­jo fatal de ca­la­mi­da­des, amar­gó la exis­ten­cia del rey Ia­da­va, trans­for­man­do el ocio y gozo de la reale­za en otras más in­quie­tan­tes tri­bu­la­cio­nes».

Re­ca­pi­tu­le­mos hasta acá. Ia­da­va co­me­te la so­ber­bia de ofen­der­se por un pe­di­do que es­ti­ma ri­dí­cu­la­men­te des­pro­por­cio­na­do a su ge­ne­ro­si­dad (Sessa le había anun­cia­do lo con­tra­rio, con ge­ne­ro­sa y so­la­pa­da exa­ge­ra­ción: «La re­com­pen­sa habrá de co­rres­pon­der a vues­tra ge­ne­ro­si­dad»). Tam­bién co­me­te la im­pru­den­cia de em­pe­ñar su pa­la­bra antes de hacer bien las cuen­tas: «In­fe­liz aquel que toma sobre sus hom­bros el com­pro­mi­so de una deuda cuya mag­ni­tud no puede va­lo­rar con la tabla de cálcu­lo de su pro­pia in­te­li­gen­cia. ¡Más in­te­li­gen­te es quien mucho alaba y poco pro­me­te!», lo amo­nes­ta Sessa, que le da su se­gun­do re­ga­lo y su se­gun­da lec­ción li­be­rán­do­lo del com­pro­mi­so in­cum­pli­ble. Antes de ver cómo se los agra­de­ce el rey, vea­mos el pri­mer re­ga­lo y la pri­me­ra lec­ción que re­ci­bió.

2.

«El su­fri­mien­to deja de ser en cier­to modo su­fri­mien­to en el mo­men­to en que en­cuen­tra un sen­ti­do, como puede serlo el sa­cri­fi­cio.»

Vik­tor Frankl, El hom­bre en busca del sen­ti­do (Bar­ce­lo­na, Edi­to­rial Her­der, 1991; p. 114)


Menos fa­mo­so se hizo el epi­so­dio por el cual Ia­da­va in­sis­tió en re­com­pen­sar a Sessa. Éste había ve­ni­do de lejos para ob­se­quiar­le al rey un juego que había in­ven­ta­do es­pe­cial­men­te para él. La in­ten­ción era que el aje­drez lo dis­tra­je­ra de la tris­te­za de haber per­di­do en la ba­ta­lla de Dac­si­na a su hijo, el prín­ci­pe Ad­ja­mir, que «había sido siem­pre la razón de ser de su exis­ten­cia» y «que se sa­cri­fi­có pa­trió­ti­ca­men­te en lo más en­cen­di­do del com­ba­te para sal­var la po­si­ción que dio a los suyos la vic­to­ria».
El tiem­po agra­vó su pena y Ia­da­va lo ocu­pa­ba en di­bu­jar, bo­rrar y vol­ver a di­bu­jar en una gran caja de arena los mo­vi­mien­tos de la ba­ta­lla fi­li­ci­da, «como si sin­tie­ra el ín­ti­mo gozo de re­vi­vir los mo­men­tos pa­sa­dos en la an­gus­tia y la an­sie­dad». A esta re­pro­duc­ción in­ter­mi­na­ble sobre la caja de arena, vo­lun­ta­ria y au­to­fla­ge­lan­te, tal vez ma­so­quis­ta, la su­ce­de­rá una única re­pro­duc­ción en el ta­ble­ro de aje­drez, aza­ro­sa y li­be­ra­do­ra (desata­nu­dos). Cito de pá­gi­nas 83 y 84:
«En un mo­men­to dado ob­ser­vó el rey, con gran sor­pre­sa, que la po­si­ción de las pie­zas, tras las com­bi­na­cio­nes re­sul­tan­tes de los di­ver­sos lan­ces, pa­re­cía re­pro­du­cir exac­ta­men­te la ba­ta­lla de Dac­si­na.
–Ob­ser­vad –dijo el in­te­li­gen­te brah­mán– que para con­se­guir la vic­to­ria es im­pres­cin­di­ble el sa­cri­fi­cio de este visir...
E in­di­có pre­ci­sa­men­te la pieza que el rey Ia­da­va había es­ta­do a lo largo de la par­ti­da de­fen­dien­do o pre­ser­van­do con mayor em­pe­ño.
El jui­cio­so Sessa de­mos­tra­ba así que el sa­cri­fi­cio de un prín­ci­pe viene a veces im­pues­to por la fa­ta­li­dad para que de él re­sul­ten la paz y la li­ber­tad de un pue­blo.»

Ia­da­va ad­vier­te (él solo, sin ayuda) la re­pro­duc­ción de la ba­ta­lla antes que la de su re­so­lu­ción (con la ayuda de Sessa). Si­tué­mo­nos en el tran­ce de la ne­ce­si­dad inad­ver­ti­da de un sa­cri­fi­cio, re­crea­da en la par­ti­da y con­tem­po­rá­nea tenaz de la lu­ci­dez de la re­crea­ción de la ba­ta­lla.
El rey tiene blo­quea­do el ac­ce­so a una zona do­lo­ro­sa; cual­quier dato que pueda lle­var­lo hasta el hijo muer­to se le ha vuel­to in­vi­si­ble y debe ser evi­ta­do ante él como se evita men­tar la soga en casa del ahor­ca­do. Hay en esto un sa­cri­fi­cio de re­la­ción uno-resto, pero in­ver­so al que hace Ia­da­va con su hijo para sal­var a su pue­blo: en la lu­ci­dez del rey es toda una zona la que se ocul­ta en so­li­da­ri­dad con uno de sus per­so­na­jes. Por no ver a su hijo tan llo­ra­do vol­vien­do a morir, el rey se queda sin ver la es­tra­te­gia ga­na­do­ra de esa par­ti­da es­pe­cu­lar (sa­cri­fi­cio y ce­gue­ra no me­no­res, si re­cor­da­mos que Ia­da­va tenía «un ta­len­to mi­li­tar no fre­cuen­te», el mismo que le per­mi­tió en­con­trar la mejor al­ter­na­ti­va para re­pe­ler la in­va­sión en in­fe­rio­ri­dad nu­mé­ri­ca).
Si esa es­pe­cu­la­ri­dad sólo tu­vie­ra una po­ten­cia evo­ca­do­ra, ha­cér­se­la ver al rey, como hace Sessa, equi­val­dría a la men­ta­da men­ción de la soga ante viuda y huér­fa­nos. Pero en el re­la­to tam­bién tiene una po­ten­cia ca­tár­ti­ca, epi­fá­ni­ca y alec­cio­na­do­ra: le hace ver al rey cuán­to vale para todos, in­clu­yén­do­lo, lo que tanto le ha do­li­do y le viene do­lien­do a él. Es un canje de dolor por valor, pero por uno tan ne­ce­si­ta­do como el de un sen­ti­do de lo ac­tua­do y lo vi­vi­do, aun –y sobre todo– si lo im­pu­so la fa­ta­li­dad (o sea, si no hubo al­ter­na­ti­va, o al menos una mejor).

Re­su­ma­mos. Así como había pro­te­gi­do a lo largo de toda su vida a su hijo, Ia­da­va ha pro­te­gi­do la pieza vi­ca­ria a lo largo de toda la par­ti­da. Lle­ga­do a ese punto, el se­gun­do sa­cri­fi­cio lo ins­tru­ye sobre el pri­me­ro: ha­cién­do­se­lo com­pren­der se lo hace acep­tar y el dolor cobra sen­ti­do y dis­mi­nu­ye o cesa. (La vic­to­ria se vuel­ve menos pí­rri­ca, aun con el mismo e irre­vo­ca­ble costo.)
En ese acto el dolor se li­be­ra de su mayor agra­van­te, que es la falta de sen­ti­do, la ar­bi­tra­rie­dad, la in­ne­ce­si­dad, eso que lo hace un daño ciego y ca­pri­cho­so. Ia­da­va no en­cuen­tra en el aje­drez la al­ter­na­ti­va tác­ti­ca para evi­tar el sa­cri­fi­cio que acaso había bus­ca­do en la caja de arena, pero le en­cuen­tra o le acep­ta un sen­ti­do a esa fa­ta­li­dad (un valor a ese sa­cri­fi­cio) y se re­cu­pe­ra. El reaco­mo­da­mien­to de pie­zas que res­ta­ble­ce el es­ta­do de cosas ini­cial (o uno po­si­cio­nal­men­te si­mi­lar) se com­ple­ta con la de­sig­na­ción de Sessa en el lugar que ocu­pa­ba el prín­ci­pe sa­cri­fi­ca­do.
La re­com­pen­sa que el rey pre­ten­día im­po­ner­le al in­ven­tor sal­da­ba una deuda y ce­rra­ba una re­la­ción. La gra­ti­tud del nom­bra­mien­to a quien anuló una deuda in­sal­da­ble abre una re­la­ción: es­ta­ble­ce un acom­pa­ña­mien­to per­ma­nen­te entre rey y pri­mer visir. Ahí desem­bo­can des­pués de la anu­la­ción de­sin­te­re­sa­da de un víncu­lo de acree­dor-deu­dor, lle­va­do a un pa­ro­xis­mo de de­sigual­dad y du­ra­ción (la eter­ni­dad de un mo­ro­so in­co­bra­ble).
En el in­ter­cam­bio, el be­ne­fi­cio es alto para ambos: as­cen­so so­cial o po­lí­ti­co del joven y pobre braha­mán, y ex­trac­ción de la pie­dra de la me­lan­co­lía del rey inú­til­men­te rico («¿Qué valor po­drían tener a los ojos de un padre in­con­so­la­ble las ri­que­zas ma­te­ria­les, que no apa­gan nunca la nos­tal­gia del hijo per­di­do?», se pre­gun­ta re­tó­ri­ca­men­te el na­rra­dor). Sin nin­gu­na parte ven­ta­je­ra, el in­ter­cam­bio no po­dría ha­ber­se dado en me­jo­res tér­mi­nos: cada uno paga con lo que menos le sirve a sí y más al otro; cada uno cobra en lo que mejor le viene o más ne­ce­si­ta.

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