Piedras



        «...el si­li­cio tiene va­len­cia 4, igual que el car­bono. ¿Puede haber vida ba­sa­da en el si­li­cio? Es di­fí­cil. Em­pe­zan­do por­que el si­li­cio no forma ca­de­nas ni redes con­si­go mismo. Es un átomo de­ma­sia­do gran­de para poder for­mar ese tipo de es­truc­tu­ras. Lo más pa­re­ci­do son las es­truc­tu­ras con oxí­geno como unión entre dos áto­mos de si­li­cio; se for­man así ca­de­nas y redes tri­di­men­sio­na­les de gran ta­ma­ño, pero el re­sul­ta­do es casi siem­pre una roca.»

        Ex­traí­do del post “La vida es car­bono”, en el blog co­lec­ti­vo Au­la­cien­cia.


5. Emo­ción

          «Di­cho­so el árbol, que es ape­nas sen­si­ti­vo,
          y más la pie­dra dura por­que esa ya no sien­te, ...»

          Pri­me­ros ver­sos del poema “Lo fatal”, de Rubén Darío.

Si qui­sié­ra­mos ne­gar­le a Darío el ma­ne­jo de una pa­ra­do­ja o usar­la para im­pug­nar­lo, nos pon­dría­mos a decir que mal puede ser di­cho­so el árbol, que es ape­nas sen­si­ti­vo, y menos aún la pie­dra dura, por­que ésta ya no sien­te. Si no, sim­ple­men­te nos li­mi­ta­ría­mos a en­ten­der que una en­vi­dia ló­bre­ga le pro­yec­ta a la pie­dra dura la blan­du­ra de una dicha ga­na­da en mé­ri­to de esa misma du­re­za, y en las an­tí­po­das de la blan­du­ra do­lien­te donde se fan­ta­sea con una in­sen­si­bi­li­za­ción (al menos, donde se fes­te­ja una in­sen­si­bi­li­dad).
Esta vez me in­tere­sa ese pro­yec­tar­le a la pie­dra una emo­ción, no la pa­ra­do­ja que luce. De la serie que inau­gu­ra, es la pro­yec­ción que in­vo­lu­cra más pre­su­po­si­cio­nes.

4. In­da­ga­ción

          «¡y no saber adón­de vamos,
          ni de dónde ve­ni­mos!...»

          Úl­ti­mos ver­sos del poema “Lo fatal”, de Rubén Darío.

          Del do­cu­men­tal Sa­turno (Pla­net Scien­ce - Sa­turn's se­crets).

Si esa pie­dra, ade­más de ser, lle­ga­se a saber algo, ese algo sería antes que nada la di­fe­ren­cia entre lo que es y lo que no es ella, el dis­cer­ni­mien­to de al­gu­na mul­ti­tud de cosas y el re­co­no­ci­mien­to de sí en esa mul­ti­tud. Un dis­tin­guir­se de lo otro y una se­pa­ra­ción de sí: el yo sabe que para aque­llos de los que se di­fe­ren­cia al ser, los otros, es un otro entre otros. (Cada yo tiene de dis­tin­to lo que el con­jun­to de lo otro tiene de va­ria­do.) Re­cién en­ton­ces la pie­dra, como cual­quie­ra, puede pre­gun­tar­se de dónde viene, a la vez de poder ela­bo­rar emo­cio­nes y a la vez o des­pués de poder ha­blar, que viene des­pués de poder mo­ver­se motu pro­prio (ex­cep­to si es una pie­dra par­lan­chi­na). Me muevo, hablo, in­da­go y sien­to, luego exis­to.

3. Habla

          “Las rocas ha­blan. Sólo que ahora no se co­mu­ni­can con no­so­tros por­que están enoja­das con la hu­ma­ni­dad.”

          Es­cu­cha­do en un pro­gra­ma new age de TV de me­dia­dos de los 90.

Ha­blar no es la única vir­tud de dis­cre­ción ab­so­lu­ta que se le ha atri­bui­do a las pie­dras. Pero a di­fe­ren­cia, por ejem­plo, de la vir­tud de es­pan­tar ti­gres, que es ins­tru­men­tal, la de ha­blar es sub­je­ti­va: si no es como el habla me­cá­ni­ca de un loro, es signo (como que es pro­duc­to) de una in­te­li­gen­cia y una au­to­no­mía re­la­ti­va, una con­cien­cia alo­ja­da en una roca iner­te igual que en un cuer­po con vida, sea hu­mano, ani­mal o ve­ge­tal. (En esta mi­to­lo­gía, todo puede co­mu­ni­car­se con todo como los hom­bres entre sí; en esta pro­yec­ción, las rocas son hu­ma­nos dis­fra­za­dos.)
Pero acá, en rigor, el habla es una fa­cul­tad en es­ta­do la­ten­te de las pie­dras, no un hecho ma­ni­fies­to. El hecho que se nos dice que hay es inau­di­ble. La coar­ta­da que ex­pli­ca que no las po­da­mos es­cu­char, un enojo duro y uná­ni­me, las dota de una con­duc­ta igual de hu­ma­na que ha­blar: ofen­di­das, las pie­dras ca­llan.

2. Mo­vi­li­dad

          “Pie­dra que rueda no junta musgo” (“A ro­lling stone gat­hers no moss”)

          Anó­ni­mo

          El acró­ba­ta San­tin Van­ze­lla ha­cien­do equi­li­brio en la pie­dra mo­ve­di­za de Tan­dil (foto de Pedro Mo­mi­ni pu­bli­ca­da el 5 de mayo de 1900 en la re­vis­ta “Caras y Ca­re­tas”).

No hay nada per­so­nal ni ani­ma­do en que una pie­dra ruede por una pen­dien­te, si no lo hace a una ve­lo­ci­dad anor­mal; lo ha­bría en que lo evi­ta­ra, y más aún en que re­pe­cha­ra la pen­dien­te. Lo hay tam­bién –está su­ge­ri­do– en la arena mo­ve­di­za, que en las pe­lí­cu­las pa­re­ce tra­gar a sus víc­ti­mas. Igual de se­den­ta­ria pero os­ci­lan­te, la “pie­dra mo­ve­di­za” de Tan­dil tam­bién lleva me­ti­da en su nom­bre la mi­ra­da ani­mis­ta que la ve mo­ver­se como si lo de­ci­die­ra o con­tro­la­ra, como si tu­vie­ra –otra vez– au­to­no­mía para in­ter­ac­tuar con su medio, para tomar ini­cia­ti­vas o reac­cio­nar. Te­ne­mos un ojo pues­to en esa su­ges­tión (entre desea­da y te­mi­da) y otro en su reali­dad mi­ne­ral co­no­ci­da, que es como con­su­mi­mos una fic­ción (cuan­do no la con­fun­di­mos con la reali­dad, cau­ti­vos de una ilu­sión po­de­ro­sa, o cuan­do no su­cum­bi­mos a de­li­rios iden­ti­fi­ca­to­rios).
Otras su­ges­tio­nes son más ins­tru­men­ta­les que ani­mis­tas: a la “pie­dra mu­si­cal” de Til­ca­ra hay que per­cu­tir­la para que suene (así); la pie­dra mo­ve­di­za, en cam­bio, in­du­cía a la sos­pe­cha in­cré­du­la –la sen­sa­ción– de que ac­tua­ba por sí misma, de que hacía equi­li­brio como hizo sobre ella el acró­ba­ta ita­liano San­tin Van­ze­lla (que se­gu­ra­men­te ya ven­dría ha­cien­do equi­li­brio sobre otros equi­li­bris­tas en el Circo Raf­fet­to, pero nunca con unos 299.930 kilos de di­fe­ren­cia con –por suer­te– el de abajo). La enor­me des­pro­por­ción entre la mole y su exi­guo punto de apoyo le da a su hacer, como el de cual­quier equi­li­bris­ta, el ca­rác­ter de un evi­tar, con apa­rien­cia de ha­za­ña o mi­la­gro.

1. Re­pro­duc­ción y ali­men­ta­ción

          «En zonas de la An­tár­ti­da donde ape­nas crece otra cosa, pue­des en­con­trar vas­tas ex­ten­sio­nes de lí­que­nes (400 tipos de ellos) de­vo­ta­men­te ad­he­ri­dos a todas las rocas azo­ta­das por el vien­to.
          La gente no pudo en­ten­der du­ran­te mucho tiem­po cómo lo ha­cían. Dado que los lí­que­nes cre­cen sobre roca pe­la­da sin dis­po­ner de ali­men­to vi­si­ble ni pro­du­cir se­mi­llas, mucha gente (gente ilus­tra­da) creía que eran pie­dras que se ha­lla­ban en pro­ce­so de con­ver­tir­se en plan­tas vivas. “¡La pie­dra inor­gá­ni­ca, es­pon­tá­nea­men­te, se con­vier­te en plan­ta viva!”, se re­go­ci­ja­ba un ob­ser­va­dor, un tal doc­tor Horns­chuch, en 1819.»

          Bill Bry­son, Una breve his­to­ria de casi todo (Del Nuevo Ex­tre­mo, Bue­nos Aires, 2007; pá­gi­na 400). El re­go­ci­jo del tal Horns­chuch se di­suel­ve en la con­ti­nua­ción de la cita.

          «Una ins­pec­ción más de­te­ni­da de­mos­tró que los lí­que­nes eran más in­tere­san­tes que má­gi­cos. Son en reali­dad una aso­cia­ción de hon­gos y algas. Los hon­gos ex­cre­tan áci­dos que di­suel­ven la su­per­fi­cie de la roca, li­be­ran­do mi­ne­ra­les que las algas con­vier­ten en ali­men­to su­fi­cien­te para el man­te­ni­mien­to de ambos. No es un arre­glo emo­cio­nan­te, pero no cabe duda de que ha te­ni­do mucho éxito. Hay en el mundo más de 20.000 es­pe­cies de lí­que­nes.» [Con­ti­núa...]

Es sa­bi­do que las fan­ta­sías trans­gre­so­ras se ex­ci­tan ante las de­cla­ra­cio­nes de in­trans­gre­di­bi­li­dad («“No in­fla­ma­ble” no es un desa­fío» es la frase que tiene que re­pe­tir Bart en el pi­za­rrón de la aper­tu­ra del epi­so­dio 17 de la tem­po­ra­da 11, “Bart to the Fu­tu­re”). Y en­ton­ces pro­li­fe­ran en la li­te­ra­tu­ra (y afi­nes) cru­ces y con­tra­ban­dos entre, por ejem­plo, la fic­ción con­te­ni­da y la co­ti­dia­ni­dad que la con­tie­ne, o entre el sueño y la vi­gi­lia (re­cuer­do la flor de Co­le­rid­ge que re­cuer­da Bor­ges), o entre lo in­ani­ma­do y lo ani­ma­do (Fran­kens­tein o el Golem), etc. O pro­li­fe­ran en las ima­gi­na­cio­nes fi­lo­só­fi­cas pa­ra­do­jas más ele­gan­tes que ri­gu­ro­sas, que son su­pera­cio­nes triun­fan­tes de prin­ci­pios res­tric­ti­vos, como el de no con­tra­dic­ción. (Mien­tras estas pa­ra­do­jas son el re­la­to del cruce de un lí­mi­te, las tan o más ri­gu­ro­sas que ele­gan­tes son el re­tra­to de un ser o un estar en un lí­mi­te de se­ries con­ver­gen­tes con­tra­dic­to­rias o de una resta de ras­gos de­fi­ni­to­rios.)

En el ima­gi­na­rio de las cien­cias na­tu­ra­les, los cru­ces entre zonas in­co­mu­ni­ca­das, como las de lo inor­gá­ni­co y lo or­gá­ni­co, sue­len tomar o bien la forma de una me­ta­mor­fo­sis de algo cor­pó­reo, o bien la forma de una al­qui­mia o ma­ni­pu­la­ción de los ele­men­tos de algo cor­pó­reo, para re­di­se­ñar­lo a gusto.
Bajo la pri­me­ra forma, la es­pon­tá­nea me­ta­mor­fo­sis de la «pie­dra inor­gá­ni­ca» en «plan­ta viva» que el tal Horns­chuch in­fi­rió de su ob­ser­va­ción de los lí­que­nes, ante la “evi­den­cia” de que no te­nían de dónde ali­men­tar­se ni cómo re­pro­du­cir­se, hace de estos pro­ce­sos los re­qui­si­tos mí­ni­mos para la vida cor­pó­rea, sus di­fe­ren­cias ne­ce­sa­rias y su­fi­cien­tes –su di­vi­so­ria– con lo iner­te. El cruce que Horns­chuch fes­te­ja en la di­rec­ción in­ver­sa que Darío, ¿no pre­su­me que la plan­ta, el único o el pri­mer ve­cino a de­ve­nir que en­cuen­tra la roca en su aven­tu­ra or­gá­ni­ca, es la forma más bá­si­ca de vida, que pre­ci­sa­men­te es la que se re­du­ce a las fun­cio­nes más bá­si­cas de ali­men­ta­ción y re­pro­duc­ción? En es­pe­ci­fi­ca­cio­nes sub­si­guien­tes ven­drán la mo­vi­li­dad, el habla, la in­da­ga­ción y la emo­ción, una trama pi­ra­midal de fun­cio­nes que en la cús­pi­de iden­ti­fi­ca­mos con lo hu­mano.
Bajo la se­gun­da forma, no­te­mos que el saber ac­tual de la Bio­lo­gía que co­rri­ge a Horns­chuch es con­tem­po­rá­neo del saber quí­mi­co que en el epí­gra­fe ge­ne­ral del en­sa­yo le hace un cas­ting al si­li­cio para el papel al­ter­na­ti­vo de ele­men­to con­for­ma­dor de vida, que tan bien re­pre­sen­ta en la Tie­rra el in­fal­ta­ble car­bono de todo com­pues­to or­gá­ni­co. Luego de una breve pos­tu­la­ción, el epí­gra­fe se ocupa de dar las ra­zo­nes del re­cha­zo del pos­tu­lan­te, cuya mejor per­for­man­ce al­can­za para hacer una roca. Pero lo que para el co­no­ci­mien­to de la Quí­mi­ca su ele­men­to no puede, la roca lo logra en creen­cias (de la new age o de mitos más an­ti­guos y menos lai­cos) y en fic­cio­nes ar­tís­ti­cas.

Res­pec­to de la vida y la con­cien­cia, no hay dis­tan­cia (u otre­dad) mayor para un ser hu­mano que una pie­dra, muy de­trás de plan­tas, in­sec­tos y ani­ma­les. De ahí tal vez que uno de los más te­mi­dos te­rro­res ima­gi­na­bles sea el de una pe­tri­fi­ca­ción, como su­frió la desobe­dien­te mujer de Lot, y que uno de los mi­la­gros más desea­dos o agra­de­ci­dos sea el de una me­ta­mor­fo­sis in­ver­sa, como su­ce­de con la per­fec­ta Ga­la­tea (la es­cul­tu­ra de Pig­ma­lión que cobra vida) y con las pie­dras que tiran a sus es­pal­das Deu­ca­lión y Pirra para re­po­blar la Tie­rra de­vas­ta­da por el di­lu­vio grie­go. Y de ahí tam­bién –su­pon­go– que nos re­sul­te tanto más ex­tra­ño y fas­ci­nan­te creer ani­ma­da e in­ten­cio­na­da por na­tu­ra­le­za (ya no por me­ta­mor­fo­sis) a una pie­dra, como cuan­do la es­cu­cha­mos ca­llar, la vemos hacer equi­li­brio o tras­la­dar­se, o la ima­gi­na­mos re­fle­xio­nar o emo­cio­nar­se (o sea, como cuan­do la hu­ma­ni­za­mos en algún grado).

Se aleja de lo mi­ne­ral el que una pie­dra se re­pro­duz­ca o se ali­men­te, y más to­da­vía el que se mueva sola (junte o no musgo), y aun más el que lo haga sin caer­se si está ape­nas apo­ya­da. A este ale­ja­mien­to lo si­guen en mag­ni­tud el que una pie­dra hable (o calle), el que in­da­gue sobre su ori­gen, y el que (“aun así”, agre­ga­ría Rubén Darío) sea di­cho­sa. Dime de qué y cuán­to te ale­jas y te diré qué eres.

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