La sorpresa confirmatoria



Dos mo­men­tos.
El pri­me­ro. La taza con res­tos de té, la olla con res­tos de la úl­ti­ma sopa que X tomó con Z: esas cosas eran ves­ti­gios de su re­la­ción amo­ro­sa, con­clui­da hacía una se­ma­na (su­pon­ga­mos que el re­tra­so hi­gié­ni­co se debió a una de­pre­sión pos-corte). Para X, eran tes­ti­gos –los úl­ti­mos– de Z. X sin­tió el paso del tiem­po cuan­do lavó la taza y la olla. Sin­tió que Z iba que­dan­do ahí, lejos, fija en un punto del tiem­po del que se ale­ja­ban irre­ver­si­ble­men­te, como “el in­ce­san­te y vasto uni­ver­so” de la Bea­triz Vi­ter­bo de “El Aleph”. Sin­tió que esos ob­je­tos eran de­fi­ni­ti­vos, no como otras tazas de té u otros en­va­ses de que­si­to Adler Fon­ti­na, que pro­me­tían su­ce­so­res. Tirar ese en­vol­to­rio, lavar esa taza, fue bo­rrar los úl­ti­mos ras­tros que Z había de­ja­do. Tam­bién su de­par­ta­men­to y su cama se ha­bían ha­bi­tua­do a es­pe­rar­la y ahora se en­con­tra­ban ocio­sos y an­sio­sos (con los re­fle­jos frus­tra­dos, con la ex­pec­ta­ti­va bur­la­da).
Se­gun­do mo­men­to. Ya pasó un mes, por ejem­plo. De re­pen­te, X des­cu­bre un ob­je­to re­za­ga­do de aquel tiem­po: un en­va­se vacío de jugo de na­ran­ja, por ejem­plo. Pero la vi­sión esta vez fue ex­tra­ña: X lo vio y lo sin­tió anacró­ni­co, in­ve­ro­sí­mil, des­co­lo­ca­do, como una pa­tru­lla per­di­da. No tuvo pro­ble­mas para re­co­no­cer­lo; lo ubicó en­se­gui­da: ése es un ob­je­to de la época Z. Pero aque­llo no era ya una he­ri­da (no tenía su vi­ta­li­dad, su flui­dez), sino ape­nas una ci­ca­triz, una ol­vi­da­di­za o algo fur­ti­va. (Era como una ci­ca­triz que se sor­pren­de por pri­me­ra vez, con la im­pre­sión de que se es­tam­pó sola.)
El enamo­ra­do puede tener fe­ti­ches, pero to­da­vía no sou­ve­ni­res. Para al­guien en ese es­ta­do, amar im­pli­ca –entre otras cosas– no ver anacró­ni­cos los ob­je­tos que aún lle­van aquel nom­bre, que aún con­vo­can. Para X, la no­ti­cia fue con­fir­ma­to­ria; ya venía la­men­tan­do no haber al­can­za­do en su his­to­ria con Z el es­ta­do que le era más desea­ble.

Hay 2 comentarios:

Anónimo
1 19 de marzo de 2010, 14:47

Hay un capítulo de Dr House, en donde Wilson (el alter ego de House) vive una situación similar. Su novia a muerto y el no puede lavar la tasa que ella había usado antes. Finalmente lo hace, y ese simple hecho cobra el valor de un pase de página; el comienzo de su recuperación anímica, la asimilación de su estado, y se permite volver a empezar.


el Zambullista
2 19 de marzo de 2010, 21:36

Qué casualidad: justo ayer me hablaron muy bien de Dr House y me contaron cómo era.