Herida absurda




Di­bu­jo que hice en el úl­ti­mo año del co­le­gio

1.

Por una parte, la ca­suís­ti­ca alu­ci­na­to­ria está llena de vul­ne­ra­bles ne­ga­do­res o en­ga­ña­dos, su­je­tos co­mu­nes que se creen in­des­truc­ti­bles. Por otra parte, las fan­ta­sías mí­ti­cas y las fic­cio­na­les abun­dan en per­so­na­jes in­vul­ne­ra­bles y cons­cien­tes de su po­de­río, como mu­chos de los que creen ser los del pri­mer tipo.
Unos y otros, por ra­zo­nes y con suer­tes dis­tin­tas, no ex­pe­ri­men­tan miedo. Vea­mos dos cru­zas de in­vul­ne­ra­bles que sí; el saber de con­tar con ese poder hará in­con­sis­ten­te un temor y su au­sen­cia hará con­sis­ten­te el otro.

Caso 1: X ig­no­ra que es in­vul­ne­ra­ble. Ade­más, es mi­nu­cio­sa­men­te hi­po­con­dría­co y pa­ra­noi­co. X sufre el temor a lo que no sabe que no puede su­frir; teme la ame­na­za de lo que des­co­no­ce inofen­si­vo, como le es todo lo que co­no­ce. Al mar­gen de la hi­per­tro­fia, sus tor­men­tos son tan cohe­ren­tes como los de un vul­ne­ra­ble.
Caso 2: X sabe que es in­vul­ne­ra­ble. Pero igual es mi­nu­cio­sa­men­te hi­po­con­dría­co y pa­ra­noi­co. Acá X sufre el temor a lo que sabe que no puede su­frir. El ab­sur­do hace vi­si­ble la de­pen­den­cia en cuyo daño con­sis­te, la que tiene el deseo –el temor es su ne­ga­ti­vo– res­pec­to del saber (o más bien res­pec­to de su falta). Dejo el tema para otro en­sa­yo.

1.1

Re­lle­ne­mos. En el re­par­to de ven­ta­jas y des­ven­ta­jas, al mismo tiem­po que se le otor­ga a X la in­vul­ne­ra­bi­li­dad (se lo anoti­cie o no), se le im­po­ne pa­de­cer la vi­sión de los desen­la­ces ca­tas­tró­fi­cos de cada si­tua­ción que atra­vie­sa. No puede cru­zar unas vías sin verse –con ab­so­lu­ta ni­ti­dez e in­ten­si­dad– atro­pe­lla­do por el tren. No puede tomar agua sin verse atra­gan­ta­do. Nunca cree que vol­ve­rá a des­per­tar­se.
En el caso 2, X a la vez sabe que está blin­da­do con­tra esas y todas las po­si­bi­li­da­des le­ta­les. El saber de lo más ven­ta­jo­so es el más inú­til de los que tiene, y su pá­ni­co la res­pues­ta más en­ga­ña­da de las que da. Si ade­más de este mo­men­to pa­ra­dó­ji­co X tu­vie­ra un desa­rro­llo, esa inuti­li­dad dis­mi­nui­ría a me­di­da que su res­pues­ta emo­cio­nal ten­die­se a la in­di­fe­ren­cia, la menos en­ga­ña­da que puede tener ante la vi­sión de ca­tás­tro­fes inofen­si­vas.
El caso 1 hace me­ra­men­te in­fe­liz a X el des­co­no­ce­dor, como lo haría con cual­quier ser ge­nui­na­men­te vul­ne­ra­ble.

1.2

No me in­tere­sa la iro­nía del in­mor­tal que teme morir, sino el hecho de que eso re­quie­ra que des­co­noz­ca su in­vul­ne­ra­bi­li­dad, y la de­mos­tra­ción in­di­rec­ta de ese hecho en la pa­ra­do­ja del que teme que le ocu­rra (o que le haya ocu­rri­do) lo que sabe y cree que no puede ocu­rrir­le (o que no pudo ha­ber­le ocu­rri­do). Y más que del saber (o de la creen­cia), se trata de la emo­ción de la que nos dota: la con­fian­za de una cer­te­za o la de una cer­ti­dum­bre, que se re­pe­len re­cí­pro­ca­men­te con la emo­ción del miedo. Como mucho, puede haber cer­te­za en la ve­cin­dad del mo­men­to sobre el que hace foco el temor, pero no cer­ti­dum­bre ahí mismo, en el mo­men­to te­mi­do. Y si hay un saber de lo te­mi­do es que hay una dis­fun­ción de la me­ta­me­mo­ria: por ne­ga­ción o por in­sol­ven­cia, no hay un saber de ese saber, que en­ton­ces no ge­ne­ra nin­gún re­pre­sen­tan­te emo­cio­nal (o al menos uno lo su­fi­cien­te­men­te fuer­te) para dis­cu­tir la res­pues­ta a dar, y por mucho que ‘se­pa­mos’ que no hay un mons­truo de­ba­jo de la cama reac­cio­na­mos como si lo hu­bie­ra.

2.

Lo an­te­rior puede verse tam­bién como una de­mos­tra­ción por el ab­sur­do de la im­po­si­bi­li­dad de que haya emo­cio­nes que no de­pen­dan de (o pre­su­pon­gan) sa­be­res o creen­cias; la im­po­si­bi­li­dad, en de­fi­ni­ti­va, de que haya emo­cio­nes puras, ab­so­lu­ta­men­te au­tó­no­mas, vuel­tas entes, pro­to­es­pí­ri­tus. Reor­deno en­ton­ces el ar­gu­men­to, para re­dun­dar:
No sen­ti­mos algo en lo que no cree­mos (más allá de lo que se­pa­mos creer). Los mie­dos in­fan­ti­les lo ilus­tran mejor: puedo “saber” que no hay un mons­truo de­ba­jo de la cama que me ata­ca­rá, pero aún así no poder des­ha­cer­me de la creen­cia de que eso puede su­ce­der y en­ton­ces sen­tir miedo de que su­ce­da. (Una am­bi­va­len­cia si­mi­lar, aun­que menos dra­má­ti­ca, deja ver el dicho “Las bru­jas no exis­ten, pero que las hay, las hay”.)

En la fan­ta­sía te­me­ro­sa que ese ab­sur­do des­mien­te, una emo­ción posee a una per­so­na (se apo­de­ra de su vo­lun­tad) como se decía –y to­da­vía se dice, pero ahora no es ofi­cial– que lo hacía un es­pí­ri­tu de­mo­nía­co. Aque­lla me­tá­fo­ra y esta creen­cia son el tes­ti­mo­nio o la evo­ca­ción de una de­rro­ta, la del te­rri­to­rio que su­frió la in­fec­ción, in­va­sión, in­tru­sión, usur­pa­ción, ocu­pa­ción de parte de una emo­ción mo­der­na (ten­drá sus cau­sas) o de un es­pí­ri­tu (al voleo o di­ri­gi­do para pur­gar cul­pas, pagar deu­das y cas­ti­gar ofen­sas, o sea, para con­fir­mar y sos­te­ner un có­di­go y lo que en él apoye una co­mu­ni­dad o una so­cie­dad).
En este mito, la gen­dar­me­ría su­pe­ra­da fue la razón: el do­mi­nio de los sa­be­res y de los cálcu­los que con­du­cen a nue­vos sa­be­res o que los pro­du­cen. Las creen­cias tie­nen un pie en este do­mi­nio (se or­ga­ni­zan ar­gu­men­tal­men­te...) y otro en el de las irra­cio­na­les emo­cio­nes (...sin mucho rigor) que nos vie­nen, po­seen y di­ri­gen, que nos hacen im­pul­si­vos y/o pa­de­cien­tes.

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