El gran simulador



«Con otra ac­triz fue más feroz to­da­vía: es­ta­ba le­yen­do el mo­nó­lo­go de Ju­lie­ta, en el que la enamo­ra­da de­ci­de tomar una pó­ci­ma para fin­gir su muer­te y en­con­trar­se con Romeo en el Pan­teón fa­mi­liar, y el pro­fe­sor in­te­rrum­pió: “¿Por qué ese aire trá­gi­co? ¿Acaso Ju­lie­ta leyó el texto y sabe en el quin­to acto lo mal que ter­mi­na­rá todo?”»

En “Stras­berg, marca re­gis­tra­da”, nota del dia­rio Cla­rín del 8 de no­viem­bre de 1996.



I

Ima­gi­ne­mos que fil­ma­mos de in­cóg­ni­to el en­cuen­tro de cua­tro ami­gos en un bar. No los co­no­ce­mos y no nos in­tere­sa en­te­rar­nos de lo que dicen; sólo nos in­tere­sa re­gis­trar la es­pon­ta­nei­dad con que lo hacen, que se per­ci­be mejor si se en­tien­de lo que dicen. Al igual que los temas ha­bla­dos, esa es­pon­ta­nei­dad no es­ca­pa a lí­mi­tes y ma­ne­ras cul­tu­ra­les, no es “na­tu­ral” esa na­tu­ra­li­dad, pero cum­ple con lo que bus­ca­mos: el tono de una es­ce­na sin guión ar­tís­ti­co (ni ya es­cri­to ni a im­pro­vi­sar). Nues­tro ob­je­ti­vo es lo­grar ar­ti­fi­cial­men­te un tono que sus­ci­te los mis­mos efec­tos, o sea, que pase por au­tén­ti­co: una na­tu­ra­li­dad sin­té­ti­ca que no se note. Con ese fin, em­pe­za­mos ha­cien­do un cas­ting para se­lec­cio­nar cua­tro ac­to­res que re­pre­sen­ten la misma con­ver­sa­ción del bar, más los ex­tras ne­ce­sa­rios.
Acá se abren al menos dos op­cio­nes.
En la pri­me­ra, se­lec­cio­na­mos cua­tro do­bles de los ami­gos fil­ma­dos y tra­ba­ja­mos para re­pe­tir la es­ce­na, como Pie­rre Me­nard el Qui­jo­te pero con el ori­gi­nal a la vista. De­pen­dien­do de la re­la­ción entre la ca­li­dad de la si­mu­la­ción y la lu­ci­dez con que haya ido a su en­cuen­tro, el es­pec­ta­dor po­dría creer que vio dos veces la misma pe­lí­cu­la, dos co­pias di­gi­ta­les o dos tomas casi idén­ti­cas, o po­dría darse cuen­ta (si no fue avi­sa­do antes) de que una es una imi­ta­ción de la otra y el juego es des­cu­brir cuál (de­tec­tar fal­se­da­des es dar­les un valor agre­ga­do a las di­fe­ren­cias de­tec­ta­das).
Me in­tri­ga­ría co­no­cer los por­cen­ta­jes de esas res­pues­tas. Entre los es­pec­ta­do­res avi­va­dos o avi­sa­dos, ima­gino que los votos por una y por otra pe­lí­cu­la ten­de­rían al equi­li­brio cuan­to mejor fuera la si­mu­la­ción, cuan­to menos dis­tin­gui­ble del ori­gi­nal lo­gra­se pa­re­cer la imi­ta­ción; ante la misma pro­yec­ción, entre los otros es­pec­ta­do­res ten­de­rían a la to­ta­li­dad las res­pues­tas de la misma pe­lí­cu­la vista dos veces y, por lo tanto, a la desa­pa­ri­ción las res­pues­tas de la copia di­gi­tal y de las dos tomas (en ese orden). Voto di­vi­di­do en el di­le­ma acer­ta­do, voto uná­ni­me en el equi­vo­ca­do.
De estas con­se­cuen­cias de un grado alto de mi­me­ti­za­ción, el equi­li­brio de la pri­me­ra es co­ro­la­rio de una equi­dis­tan­cia en in­frac­ción entre dos po­si­bi­li­da­des mu­tua­men­te ex­clu­yen­tes (como un es­ta­do de duda). Pues­ta a res­pon­der, la vo­lun­tad del vo­tan­te viene a que­brar ese equi­li­brio de ra­zo­nes nulas (menos que su­fi­cien­tes) con una de­ci­sión de baja se­gu­ri­dad, de alta ar­bi­tra­rie­dad (esa li­ber­tad de ac­ción no es una con­quis­ta de la vo­lun­tad, sino una con­se­cuen­cia de no lle­gar a orien­tar­la con al­gu­na razón su­fi­cien­te). Su­pon­ga­mos que, en el mejor de los casos, la de­ci­sión está ba­sa­da en un pál­pi­to, una co­ra­zo­na­da, o en el don de un sen­sor de fal­se­da­des, una in­tui­ción in­de­fi­ni­ble y no con­ta­gio­sa que –a falta de me­jo­res evi­den­cias– le dicta al es­pec­ta­dor que la pe­lí­cu­la guio­na­da es esta, no la an­te­rior. A la otra mitad de in­tui­ti­vos le dic­tan que es la an­te­rior, no esta. Por el con­tra­rio, no ten­dría­mos una dis­tri­bu­ción pa­re­ja de res­pues­tas si en la toma de de­ci­sión hu­bie­ra un saber pro­ba­do, una lista de evi­den­cias que de­la­ta­ran al im­pos­tor (para verlo en alto con­tras­te: una imi­ta­ción que des­a­fi­na­ra os­ten­si­ble­men­te, que fuera be­rre­ta, atrae­ría mu­chos votos en con­tra). Tam­po­co ten­dría­mos ese em­pa­te téc­ni­co si los es­pec­ta­do­res pu­die­ran po­ner­se de acuer­do en una res­pues­ta, es decir, hacer alian­zas, hacer causa común abra­zan­do una creen­cia (a falta de una cer­te­za, in­sis­to, de un co­no­ci­mien­to de efi­ca­cia com­pro­ba­da y com­pro­ba­ble).

II

Para el ob­je­ti­vo de lo­grar una es­ce­na tan creí­ble como la re­gis­tra­da de in­cóg­ni­to, la iden­ti­dad ab­so­lu­ta es una exa­ge­ra­ción lu­jo­sa, un de­rro­che. Po­de­mos per­se­guir lo mismo con un menor gasto de ener­gías y re­cur­sos, el ne­ce­sa­rio o uno ape­nas hol­ga­do (con esta baja en la exi­gen­cia ar­tís­ti­ca, el ex­pe­ri­men­to ya no tiene por qué ser sólo men­tal, aun­que siga sien­do ri­dícu­lo). En la se­gun­da op­ción abier­ta, en lugar de co­piar la es­ce­na ori­gi­nal, sólo in­ten­ta­mos emu­lar lo mejor po­si­ble su es­pon­ta­nei­dad. De las co­pias in­com­ple­tas que po­de­mos ha­cer­le, ele­gi­mos una en la que los diá­lo­gos –y con ellos los nom­bres de los par­ti­ci­pan­tes– son los mis­mos, pero los par­ti­ci­pan­tes y el bar, no. (En otras va­rian­tes, el bar po­dría ser el mismo, o uno o al­guno de los par­ti­ci­pan­tes tam­bién, o in­clu­so todos, si los mis­mos cua­tro ami­gos fue­sen los ac­to­res se­lec­cio­na­dos, con el mismo bar o con otro.)
Li­be­ra­dos de la bús­que­da de clo­nes, en el cas­ting nos es­for­za­mos, por ejem­plo, en pon­de­rar qué ac­to­res po­drán trans­mi­tir mejor las re­la­cio­nes, los roles y las per­so­na­li­da­des que la char­la nos deja ver en el grupo, o un juego al­ter­na­ti­vo de re­la­cio­nes, roles y per­so­na­li­da­des que le con­ven­ga por igual a la char­la. Se trata de fa­bri­car un se­gun­do grupo de ami­gos al que esa con­ver­sa­ción, luego de mu­chos en­sa­yos, le quede tan ve­ro­sí­mil como al pri­me­ro, su­po­nien­do que se los exa­mi­na con tanto de­ta­lle y dis­cer­ni­mien­to como antes se los exa­mi­nó para re­sol­ver cuál era el ca­sual y cuál el pro­fe­sio­nal (las dos ins­pec­cio­nes com­par­ten un mismo enig­ma de fondo: cuál es la es­pon­ta­nei­dad na­tu­ral y cuál la sin­té­ti­ca).
Des­pués de que fil­ma­mos todo con la misma toma única de la fil­ma­ción de in­cóg­ni­to, pro­yec­ta­mos en con­ti­nua­do las dos pe­lí­cu­las. No hay ho­ra­rios de fun­cio­nes ni fun­ción de es­treno, para que la pri­me­ra que vean los es­pec­ta­do­res sea la que de­ci­da el azar de los in­gre­sos, no no­so­tros (por eso tam­bién nos abs­te­ne­mos de hacer una pe­lí­cu­la de dos par­tes). La idea es evi­tar que un orden de­fi­ni­do fa­vo­rez­ca (o per­ju­di­que) a la es­ce­na que vaya pri­me­ra en el duelo que man­tie­ne con la otra por la cre­di­bi­li­dad de la pla­tea (o de los vi­si­tan­tes de una video-ins­ta­la­ción que ter­mi­na con un es­cru­ti­nio).
El efec­to en el es­pec­ta­dor puede ser fuer­te. Ni bien ad­vier­te la desa­so­se­gan­te du­pli­ca­ción de la char­la, con par­ti­ci­pan­tes y es­ce­na­rios di­fe­ren­tes, se en­fren­ta al menos a tres al­ter­na­ti­vas. Una es des­car­tar o acep­tar que se haya ac­tua­li­za­do la im­pro­ba­bi­lí­si­ma po­si­bi­li­dad de que dos gru­pos de ami­gos reuni­dos en bares dis­tin­tos hayan te­ni­do la misma con­ver­sa­ción, pa­la­bra por pa­la­bra, pausa por pausa, en­to­na­ción por en­to­na­ción (o sea, do­cu­men­ta­les las dos pe­lí­cu­las). Otra al­ter­na­ti­va con­sis­te en des­car­tar o acep­tar que ambas pe­lí­cu­las –y el dueto que for­man– sean en­gen­dros van­guar­dis­tas (o sea, fic­cio­nes las dos). Si en las al­ter­na­ti­vas an­te­rio­res el es­pec­ta­dor opta por des­car­tar, le lle­gan a la vez la no­ti­cia de que una de las dos pe­lí­cu­las está guio­na­da y el desa­fío de des­cu­brir cuál, que es la ter­ce­ra al­ter­na­ti­va (la que tiene un do­cu­men­to y una fic­ción que si­mu­la un do­cu­men­to).
Nue­va­men­te, las res­pues­tas a ese desa­fío ten­de­rán al equi­li­brio en la me­di­da en que los ac­to­res lo­gren cal­zar­se la con­ver­sa­ción que tie­nen por li­bre­to; en la me­di­da en que lo­gren fin­gir una es­pon­ta­nei­dad tan creí­ble como la emu­la­da, de ma­ne­ra que el es­pec­ta­dor, ya avi­sa­do o re­cién en­te­ra­do del ar­ti­fi­cio por la re­pe­ti­ción, no se pueda de­ci­dir por una, se equi­vo­que o acier­te de ca­sua­li­dad (el error y el azar tien­den a equi­li­brar sus in­ci­den­cias; la duda parte de y se queda ato­ra­da en un equi­li­brio de ra­zo­nes en­fren­ta­das).

Para lo­grar esa ve­ro­si­mi­li­tud alta, en los en­sa­yos los ac­to­res de­be­rán tra­ba­jar sobre sus pun­tos dé­bi­les. De éstos, hay dos es­pe­cial­men­te crí­ti­cos –los pri­me­ros que de­be­ría im­por­tar­nos fil­trar en el cas­ting–: pen­du­lar­men­te, el de­fec­to de no saber di­si­mu­lar lo su­fi­cien­te la falta de in­cer­ti­dum­bre en el de­ve­nir del diá­lo­go o de la ac­ción (en­tran­do tem­prano, por ejem­plo, o usan­do un aire pre­ma­tu­ro, como la ac­triz in­te­rrum­pi­da por Stras­berg) y el de­fec­to de exa­ge­rar ese di­si­mu­lo (en­tran­do tarde y que­bran­do la flui­dez). Y son en es­pe­cial crí­ti­cos por­que ese co­no­ci­mien­to del fu­tu­ro –tan poco hu­mano– es lo que di­fe­ren­cia al grupo de los cua­tro ac­to­res del grupo de los cua­tro ami­gos, que están li­bres (o im­pe­di­dos) de co­rrer ese ries­go (eso es lo que im­pli­ca que los cua­tro su­je­tos de un grupo estén guio­na­dos y los otros cua­tro, no –tam­bién sobre esta dis­tri­bu­ción se po­drían en­sa­yar va­rian­tes). Tener un li­bre­to su­po­ne saber qué va decir o a con­tes­tar uno, o qué le van a decir o a con­tes­tar a uno (mí­ni­ma­men­te, a con­ti­nua­ción). Ese saber sobre sí es lo que en su per­for­man­ce un actor debe si­mu­lar que no tiene (para no ade­lan­tar­se) y que acaba de ad­qui­rir (para no re­tra­sar­se), a la vez que se ocupa de si­mu­lar ser otro (es decir, que desa­rro­lla su per­so­na­je del amigo X, por ejem­plo). Una vez más: lo que los ac­to­res ne­ce­si­tan saber para ac­tuar (qué hacer y decir, cuán­do ha­cer­lo y de­cir­lo, qué harán y dirán los otros) es lo que ne­ce­si­tan di­si­mu­lar que saben y fin­gir que aca­ban de en­te­rar­se para no es­tro­pear la ac­tua­ción o sus pro­pó­si­tos. Por mejor que actúe un actor, si lo hace a des­tiem­po ma­lo­gra el resto de sus vir­tu­des, in­clu­so si ya son per­fec­tas (sería como una con­di­ción de po­si­bi­li­dad que fa­lla­ra). En cam­bio, si entra a tiem­po con cada gesto, cada pa­la­bra y cada tono, pero suena so­bre­ac­tua­do o ar­ti­fi­cial, por ejem­plo, el pro­ble­ma es menor: me­jo­ran­do estos as­pec­tos to­da­vía podrá me­jo­rar su cre­di­bi­li­dad ge­ne­ral.
Re­su­ma­mos. Ac­tuar su­po­ne atra­ve­sar –con suer­te di­ver­sa– el ries­go de hacer que se note ese co­no­ci­mien­to del fu­tu­ro (si­quie­ra in­me­dia­to) que dis­tin­gue, por caso, la ac­tua­ción de un diá­lo­go de un diá­lo­go real, y que la hace po­si­ble. Para lo­grar que el es­pec­ta­dor no los dis­tin­ga, el actor tiene por obs­tácu­lo a su­perar aque­llo que lo di­fe­ren­cia de un mero y ge­nuino con­ver­sa­dor, o sea, nada menos que su rasgo dis­tin­ti­vo. No co­noz­co otro ofi­cio en el que, para ha­cer­lo lo mejor po­si­ble, se deba com­ba­tir con­tra lo que lo hace dis­tin­to y le re­sul­ta ne­ce­sa­rio.


Nota

Lec­tu­ra de “El gran si­mu­la­dor” en “Me­dias & Som­bre­ros #4”, a las 21:17 del sá­ba­do 16 de mayo de 2009. Se trata de la pri­me­ra ver­sión ce­rra­da, que ter­mi­né a las 19:18 de ese sá­ba­do (la base fue una en­tra­da del 8 de mayo de 2004 en el “12º cua­derno de la pa­ra­do­ja”).


Hay 1 comentario:

desparejo
1 19 de mayo de 2009, 13:50

Creo que esto funciona en teatro, pero en cine habría que ver porque como se filman escenas por separado, el actor puede no saber exáctamente en qué derivará lo que está haciendo en ese momento. En ese sentido puede que el cine ayude a una mayor efectividad de la verosimilitud, si es que el factor determinante es el conocimiento de las consecuencias. Recomiendo "Groundhog Day" (El día de la marmota).