De perros que cantan, muertos que charlan y camellos ciegos



I. Pe­rros que can­tan


«Sa­be­mos que se re­co­no­cen a me­nu­do como he­chos poé­ti­cos, crea­dos para los fines de la con­tem­pla­ción es­té­ti­ca, ex­pre­sio­nes que fue­ron for­ja­das sin es­pe­rar de ellas se­me­jan­te per­cep­ción. An­nens­ki, por ejem­plo, atri­buía a la len­gua es­la­va un ca­rác­ter par­ti­cu­lar­men­te poé­ti­co; André Bieli ad­mi­ra­ba en los poe­tas rusos del siglo XVIII el pro­ce­di­mien­to que con­sis­te en co­lo­car los ad­je­ti­vos des­pués de los sus­tan­ti­vos. Bieli re­co­no­cía un valor ar­tís­ti­co a este pro­ce­di­mien­to o, más exac­ta­men­te, le atri­buía un ca­rác­ter in­ten­cio­nal, con­si­de­rán­do­lo como hecho ar­tís­ti­co, cuan­do en reali­dad no se tra­ta­ba sino de una par­ti­cu­la­ri­dad ge­ne­ral de la len­gua, de­bi­da a la in­fluen­cia del es­la­vo ecle­siás­ti­co.»

Vik­tor Sh­klovs­ki, “El arte como ar­ti­fi­cio”.


1.

Al final del Se­gun­do Acto de Ot­he­llo, el moro de Ve­ne­cia, Ro­dri­go dice: «Aquí, en esta per­se­cu­ción, voy co­rrien­do no como un perro que caza, sino como uno que con­tri­bu­ye a los la­dri­dos.» (En el ori­gi­nal, Ro­de­ri­go dice: «I do fo­llow here in the chase, not like a hound that hunts, but one that fills up the cry».)
De la úl­ti­ma pa­la­bra cuel­ga una lla­ma­da con el nú­me­ro 13. En la nota al pie lee­mos:
«En las jau­rías de caza de la época, se cui­da­ba mucho la ar­mo­ni­za­ción de los la­dri­dos; de aquí que hu­bie­ra en ellas al­gu­nos pe­rros de poca ha­bi­li­dad para cazar, pero que com­ple­ta­ban los acor­des con el tono de sus la­dri­dos.»
La cita es de Sha­kes­pea­re, Tra­ge­dias, Bar­ce­lo­na, RBA Edi­to­res, 1994, pá­gi­na 281. El vo­lu­men per­te­ne­ce a la co­lec­ción “His­to­ria de la Li­te­ra­tu­ra”, con in­tro­duc­ción, tra­duc­ción y notas de José María Val­ver­de.

Para em­pe­zar a co­men­tar esa ex­tra­ña cos­tum­bre de otra época, re­pa­se­mos al­gu­nas in­no­va­cio­nes que la hi­cie­ron po­si­ble. La pri­me­ra y más cer­ca­na es el debut de esos coros. Re­mon­té­mo­nos al mo­men­to en que se es­tre­nan las pri­me­ras ca­ce­rías co­ra­les, no sé cuán­to antes de que al­can­cen la po­pu­la­ri­dad que tie­nen cuan­do Ro­dri­go alude a ellas. Ima­gi­ne­mos a al­guien es­cu­chan­do una por pri­me­ra vez, sin no­ti­cias pre­vias. Por el con­tex­to, no tiene pro­ble­mas en iden­ti­fi­car que se trata del so­ni­do de una jau­ría de caza. Pero en­se­gui­da ad­vier­te que ese so­ni­do no es ca­sual o na­tu­ral, sino que es in­ten­cio­nal, bus­ca­do, ar­ti­fi­cial­men­te ar­mo­ni­za­do, es decir, que tiene una razón –no me­ra­men­te una causa– para ser así en vez de otro modo, que hay una de­ci­sión de­trás, que ahí hay un ar­ti­fi­cio. Lo que está ha­cien­do, en de­fi­ni­ti­va, es per­ci­bir el ca­rác­ter de obra de esa la­dra­da (como lo per­ci­bi­ría desde el aire, si vo­la­ra, en la obe­dien­te línea recta de un canal o una ruta, y no en las cur­vas irre­gu­la­res de un río; o como lo per­ci­bi­ría en una pi­rá­mi­de que en­con­tra­ra en Marte). Re­co­no­ce que ahí ha es­ta­do en obra una in­te­li­gen­cia, que ahí hay cul­tu­ra (no azar...), y cul­tu­ra hu­ma­na, no con­duc­ta ca­ni­na (...ni na­tu­ra­le­za).
Como nues­tro vo­lun­ta­rio ya lleva miles de an­ces­tros de cul­tu­ra, tam­bién llega a re­co­no­cer qué clase de pro­duc­to cul­tu­ral es el que suena. El des­lin­de bá­si­co de esta ope­ra­ción dis­cier­ne entre lo que es prác­ti­co y lo que no lo es. El su­je­to no tarda mucho en des­car­tar que esa ar­mo­ni­za­ción sea útil a la per­se­cu­ción (por ejem­plo, que emita se­ña­les, que fas­ci­ne pre­sas cual canto de si­re­na o que es­ti­mu­le la mar­cha); con­clu­ye que a una jau­ría de caza se le ha agre­ga­do el co­me­ti­do es­té­ti­co de sonar en acor­des. Eso que es­cu­cha tiene un sen­ti­do, pero el sen­ti­do que tiene no apor­ta a la prác­ti­ca que ahí se ejer­ci­ta; es sólo un sen­ti­do es­té­ti­co, que es el sen­ti­do de una fun­ción sim­bó­li­ca, que es un lujo cul­tu­ral (de gran po­de­río so­cial) que se dan los ho­mí­ni­dos de ce­re­bro gran­de y len­gua­je com­ple­jo desde que em­pie­zan a do­mi­nar el arte de so­bre­vi­vir. Nues­tro es­pé­ci­men com­ple­ta el re­co­no­ci­mien­to, y la in­no­va­ción es­té­ti­ca queda re­gis­tra­da. Los coros de caza ini­cian su ca­mino a la po­pu­la­ri­dad de los di­chos, que al­can­za­rán gra­cias a la misma inuti­li­dad por la que se los iden­ti­fi­ca en el inicio.

2.

Esta inuti­li­dad par­ti­cu­lar, que re­cuer­da a la que suele re­pro­chár­se­le al arte en ge­ne­ral, está ins­crip­ta en el ori­gen mismo de la ac­ti­vi­dad: la fun­ción no prác­ti­ca de ar­mo­ni­zar la­dri­dos surge de (o junto a) una fun­ción prác­ti­ca a la que no sirve, por de­fi­ni­ción. Cuan­do en una jau­ría de caza las fun­cio­nes dis­cu­ten, lo hacen por im­po­ner un cupo ar­tís­ti­co más alto o más bajo, según con cuán­tos inú­ti­les se crea que se ga­ran­ti­za to­da­vía una ca­ce­ría acep­ta­ble (por la ex­pre­sión «al­gu­nos pe­rros de poca ha­bi­li­dad para cazar», sa­be­mos que en la época de Sha­kes­pea­re eran una mi­no­ría). Así, la fun­ción prác­ti­ca de per­se­guir le to­le­ra a la es­té­ti­ca de ar­mo­ni­zar la dosis en que inevi­ta­ble­men­te la de­bi­li­ta (o por­que le roba pla­zas den­tro de la jau­ría o por­que di­lu­ye su po­ten­cia agran­dán­do­la con malos per­se­gui­do­res, que qui­zás a veces ade­más es­tor­ben). Un éxito sos­te­ni­do arri­ma­ría el ta­ma­ño del coro al um­bral de esa to­le­ran­cia (que no deja de ser una me­di­da de la fuer­za que tiene la fun­cio­na­li­dad que to­le­ra). Si su­pe­ra­se ese um­bral, el coro sería des­car­ta­do, o se des­pren­de­ría y em­pe­za­ría una ca­rre­ra ar­tís­ti­ca in­de­pen­dien­te; si no lo su­pe­ra­se, el hí­bri­do po­dría se­guir can­tan­do mien­tras caza.

Salvo que me haya per­di­do una gran no­ti­cia, eso úl­ti­mo es lo que su­ce­dió con las ca­ce­rías con­tem­po­rá­neas al tea­tro de Sha­kes­pea­re. Tal vez la época re­sul­tó un tanto pre­ma­tu­ra para el gesto van­guar­dis­ta de ex­traer un coro de la jau­ría y pre­sen­tar­lo en un tea­tro, con un pú­bli­co más re­po­sa­do y va­ria­do que el de esos de­por­tis­tas me­ló­ma­nos que se­guían por los bos­ques a los in­tér­pre­tes. (Una breve di­gre­sión de arte-fic­ción. Ar­tis­tas con pa­la­dar para los sa­bo­res “au­tén­ti­cos” po­drían re­me­dar en el es­ce­na­rio una ca­ce­ría, para con­ser­var o re­cu­pe­rar en el canto el pre­cio­so tono de un la­dri­do per­se­cu­tor. Ma­gias del en­ga­ño que pue­den des­ba­ra­tar una su­pers­ti­ción es­té­ti­ca: ¿qué pa­sa­ría si una ilu­sión po­de­ro­sa con­si­guie­ra de los pe­rros un tono in­dis­cer­ni­ble del que tie­nen cuan­do la­dran en una ge­nui­na per­se­cu­ción?)
Como sea, para esos aris­tó­cra­tas la rima de la­dri­dos no podía sa­lir­se de la jau­ría de caza, por mucho cui­da­do que le de­di­ca­sen. Su arte llegó a in­tro­du­cir una fun­ción es­té­ti­ca en la jau­ría, pero no llegó a ha­cér­se­la ne­ce­sa­ria; cuan­do ese talón le costó la exis­ten­cia, las jau­rías co­ra­les pa­sa­ron de moda. La his­to­ria de la re­fe­ren­cia pe­yo­ra­ti­va de Ro­dri­go las evoca en su época de es­plen­dor, o al menos de fama. En esa evo­ca­ción, con la misma fi­de­li­dad con que todos los pe­rros acom­pa­ñan al hom­bre en la caza, los que más bien can­tan acom­pa­ñan a los que sólo per­si­guen, como si un coro acom­pa­ña­ra a un ejér­ci­to. Se trata de una ima­gen de leal­tad o de con­vi­ven­cia, no de an­sias eman­ci­pa­to­rias. Los eman­ci­pa­dos to­ma­ron otro ca­mino. Ese des­vío es el co­mien­zo de la obra de arte, del arte pro­pia­men­te dicho, dis­tin­to de la fun­ción es­té­ti­ca que ador­na y com­ple­ji­za una fun­cio­na­li­dad.

Antes de re­to­mar la serie de in­no­va­cio­nes que pre­ce­die­ron a la del coro, re­su­ma­mos el pro­to­co­lo de dis­tin­cio­nes que or­ga­ni­za los datos. Aquel des­lin­de que dis­tin­gue lo cul­tu­ral de lo ca­sual y lo na­tu­ral es el pri­me­ro de los que con­du­cen al arte, que así es como es cul­tu­ral (si­quie­ra de un modo mi­ni­ma­lis­ta). El se­gun­do dis­tin­gue si en ese obrar hay sólo una fun­ción prác­ti­ca o si tam­bién hay una fun­ción es­té­ti­ca, y cuál do­mi­na, cuál le da el sen­ti­do de uso y cir­cu­la­ción a lo obra­do. El ter­ce­ro di­ri­me si la fun­ción es­té­ti­ca que hay se queda acom­pa­ñan­do o sir­vien­do a la fun­ción prác­ti­ca que la vio nacer, o si se des­pren­de de ella y se con­sa­gra con una ac­tua­ción y una ca­rre­ra in­de­pen­dien­tes, como el can­tan­te exi­to­so que em­pe­zó de te­lo­ne­ro. Ese es­tre­lla­to es el arte.

3.

Re­pa­se­mos esta tec­tó­ni­ca de fun­cio­nes en la his­to­ria de la caza.
La in­no­va­ción de los pe­rros co­ra­les pre­su­po­ne otras, que pue­den re­mi­tir­nos a ca­ce­rías muy re­mo­tas. Basta re­cor­dar que no siem­pre se hi­cie­ron con jau­rías, lo que re­quie­re la do­mes­ti­ca­ción de ani­ma­les; que no siem­pre fue­ron de­por­ti­vas, mucho menos aris­to­crá­ti­cas; que no siem­pre ge­ne­ra­ron tro­feos y ta­pe­tes para in­te­rio­res; etc. Estas in­no­va­cio­nes fue­ron hitos en la his­to­ria de las fun­cio­nes prác­ti­cas de la caza. La ar­mo­ni­za­ción de la­dri­dos es un hito en la his­to­ria de sus fun­cio­nes es­té­ti­cas; al lado de esta, las otras in­no­va­cio­nes es­té­ti­cas de la caza, si las hubo, bien pu­die­ron o pue­den pasar desa­per­ci­bi­das.
Líder fun­da­cio­nal o sólo miem­bro des­ta­ca­do, lo cier­to es –reite­ro– que esa fun­ción es­té­ti­ca de tem­plar la jau­ría surge en medio de (y no deja de acom­pa­ñar a) la fun­ción prác­ti­ca de usar­la para cazar. En re­la­ción con fun­cio­nes prác­ti­cas pro­pias, una cuna y una fi­de­li­dad análo­gas tie­nen las fun­cio­nes es­té­ti­cas de la or­na­men­ta­ción, el di­se­ño grá­fi­co y de in­du­men­ta­ria, la de­co­ra­ción de in­te­rio­res, la ar­te­sa­nía, la ar­qui­tec­tu­ra, la ca­li­gra­fía, el arte fu­ne­ra­rio, por ejem­plo. En todos estos casos, la fun­ción prác­ti­ca es la pri­mor­dial, la pri­vi­le­gia­da cul­tu­ral: antes que nada, la obra tiene (el sen­ti­do de) una fun­cio­na­li­dad.
Otra es la suer­te de la fun­ción es­té­ti­ca que es se­pa­ra­da de los tra­ba­jos que ale­gra o dig­ni­fi­ca, para en­ton­ces ser ex­hi­bi­da en am­bien­tes ar­ti­fi­cial­men­te pre­pa­ra­dos (anaque­les, re­pi­sas, salas, es­ce­na­rios, pan­ta­llas, lo­ca­cio­nes reales, etc.). Es la fe­ti­chi­za­ción so­cial de una he­rra­mien­ta. Con el aban­dono del pri­mer hogar y la pre­pa­ra­ción del se­gun­do, el ar­ti­fi­cio re­ne­go­cia los tér­mi­nos de su re­la­ción con la so­cie­dad. Desde que se des­pi­de de la fun­ción so­cial de la que par­ti­ci­pa­ba, dis­cu­te y re­dis­cu­te una pro­pia. Co­mien­za la etapa de un desa­rro­llo más o menos au­tó­no­mo, sig­na­do por re­cla­mos de li­ber­tad e in­mu­ni­dad, por cen­su­ras y re­gu­la­cio­nes de va­ria­da vio­len­cia, y por pro­me­sas de so­fis­ti­ca­ción cul­tu­ral que la cul­tu­ra de la pra­xis pro­mue­ve o to­le­ra. El ar­ti­fi­cio, que ya hace obras de arte, deja para siem­pre la ropa del ofi­cio que cu­brió su pri­me­ra des­nu­dez o la re­fun­cio­na­li­za (ven­gan­za es­té­ti­ca) en al­guno de sus nue­vos am­bien­tes de cir­cu­la­ción y en­cuen­tro. Cuan­to menos lo guíen los fines prác­ti­cos, más li­bre­men­te ex­pe­ri­men­ta­rá con los es­té­ti­cos, siem­pre bus­can­do darse un valor y un sen­ti­do. (Los roles más es­pe­ra­dos de los crí­ti­cos son que sean in­ter­me­dia­rios del sen­ti­do y eva­lua­do­res o cer­ti­fi­ca­do­res de valor: que in­ter­pre­ten y que ca­li­fi­quen, que digan cómo es y cuán­to mé­ri­to tiene algo para po­ner­se o man­te­ner­se en cir­cu­la­ción; otro de esos roles que se es­pe­ran de un crí­ti­co como de un es­pe­cia­lis­ta, el rol de ca­te­go­ri­za­dor –o eti­que­ta­dor o cla­si­fi­ca­dor: que diga qué es–, será el que in­ter­ven­drá en


II. Muer­tos que char­lan.)


Se pue­den re­co­rrer los lí­mi­tes de esa li­ber­tad de ex­pe­ri­men­ta­ción, de ese es­pa­cio de cir­cu­la­ción, si­guien­do los casos de cen­su­ra (los otros casos, que la evi­tan, ocu­pan –son– el es­pa­cio de­li­mi­ta­do por ella y sus co­le­gas, la zona de li­ber­tad que al­gu­nos –poco aven­tu­ra­dos– alu­ci­nan ili­mi­ta­da). Vea­mos uno de esos casos en que una prác­ti­ca ar­tís­ti­ca en­con­tró una re­sis­ten­cia mi­li­tan­te.

1.

Como ese agre­ga­do es­té­ti­co a la fun­ción prác­ti­ca de cazar es el agre­ga­do a la fun­ción ri­tual de en­te­rrar a los muer­tos que dio co­mien­zo al arte fu­ne­ra­rio, si es que ri­tual y arte no em­pe­za­ron jun­tos (en cuyo caso el arte fu­ne­ra­rio sería uno de los pri­me­ros que hubo: los en­tie­rros ri­tua­les –y con ellos, se ra­zo­na, los pri­me­ros sig­nos de re­li­gio­si­dad, de creen­cia en otra vida o en la con­ti­nua­ción de esta en otro lugar– tie­nen al menos 100.000 años de antigüedad).*


BBC, El ca­mino de la vida, epi­so­dio “La es­pe­cie hu­ma­na”

En esas tum­bas re­mo­tas se pro­du­je­ron los pri­me­ros en­cuen­tros entre la muer­te –an­fi­trio­na– y el arte. De­ce­nas de miles de años des­pués, el sá­ba­do 24 de sep­tiem­bre de 2005, vol­vie­ron a re­unir­se, esta vez por ini­cia­ti­va del arte. Esa noche tuvo lugar una in­ter­ven­ción so­no­ra y vi­sual en 40 tum­bas del ce­men­te­rio por­te­ño de la Re­co­le­ta (ne­cró­po­lis que es un buen ejem­plo de arte fu­ne­ra­rio, ade­más). Los re­gis­tros so­no­ros de 40 muer­tos de la his­to­ria ar­gen­ti­na fue­ron “ar­mo­ni­za­dos”, como aque­llos la­dri­dos. (Lo que allá eran acor­des vivos acá fue­ron diá­lo­gos fan­tas­ma­les, pero en ambos hubo un ars com­bi­na­to­ria –como en todo arte, tal vez.)
Si el arte nació fu­ne­ra­rio, con Ter­tu­lia vol­vió a su cuna es­can­da­lo­sa­men­te eman­ci­pa­do, a saber: ha­cien­do uso de lo fu­ne­ra­rio, para es­cán­da­lo de quie­nes lo con­si­de­ran sa­gra­do e in­ter­pre­tan sa­crí­le­go ese uso (y no el tu­rís­ti­co, por ejem­plo).

Los pe­rros can­to­res aún cazan o par­ti­ci­pan de una ca­ce­ría. El arte de ar­mo­ni­zar re­gis­tros so­no­ros de muer­tos ilus­tres no tiene nin­gu­na fun­ción fu­ne­ra­ria o ri­tual. A esta des­crip­ción sus de­trac­to­res le agre­gan una impu­tación: ade­más de no tener una fun­ción fu­ne­ra­ria, no res­pe­ta la que tiene el lugar donde se lleva a cabo (un “cam­po­san­to”, reivin­di­ca­ron unos y des­min­tie­ron otros; un “lugar sa­gra­do”, se pon­ti­fi­có esa noche desde una ban­de­ra).
Ahora el tema no es de dónde sale al ruedo el arte, sino por dónde puede me­ter­se, hasta dónde puede lle­gar sin opo­si­ción y cómo son esas in­cur­sio­nes re­sis­ti­das.

2.

“Todas las re­li­gio­nes res­pe­tan a los muer­tos”, decía tam­bién una pan­car­ta del grupo que se juntó esa noche para pro­tes­tar. El ar­gu­men­to hace del res­pe­to a los muer­tos algo a in­fe­rir (pre­ci­sa­men­te del hecho de que todas las re­li­gio­nes los res­pe­tan). En cam­bio, la res­pe­ta­bi­li­dad de esas res­pe­ta­do­ras está so­bre­en­ten­di­da, no ar­gu­men­ta­da. Y lo otro que se da a in­fe­rir (si es que no a in­ter­pre­tar) es la idea a la que se le con­fía la per­sua­sión: quien no hace lo que las re­li­gio­nes –res­pe­tar a los muer­tos– las ofen­de a todas. El si­lo­gis­mo, sin em­bar­go, con­du­ce a una mera aje­ni­dad:
      Todas las re­li­gio­nes res­pe­tan a los muer­tos;
      Ter­tu­lia no res­pe­ta a los muer­tos;
      luego, Ter­tu­lia no es una re­li­gión.

Si este no ser es cul­pa­ble, lo es por algún pre­su­pues­to que se es­ti­ma in­dis­cu­ti­ble, in­ne­go­cia­ble; el pri­mer dogma es que las sa­cra­li­za­do­ras son sa­gra­das (lo sean por de­le­ga­ción de una sa­cra­li­dad su­pe­rior o por auto-le­gi­ti­ma­ción).
Por lo demás, con ese “todas las re­li­gio­nes” el ar­gu­men­to busca di­sua­dir con una fuer­za de con­sen­so. Si en la pan­car­ta hu­bie­ran pues­to un ver­sícu­lo bí­bli­co o cual­quier otro dogma a favor de un valor ahí ava­sa­lla­do (como el de la em­ban­de­ra­da sa­cra­li­dad del ce­men­te­rio), la di­sua­sión ha­bría sido con­fia­da a la fuer­za de una au­to­ri­dad, no a la de un con­sen­so.
Pero cual­quie­ra sea la fuer­za (o la mez­cla de fuer­zas) a la que se re­cu­rra, es se­gu­ro en qué se la usa: ahí se está dis­cu­tien­do con­ser­var o mo­di­fi­car un tramo fron­te­ri­zo de lo lí­ci­to: en el pri­mer caso, man­te­nien­do a raya al arte; en el se­gun­do, con el arte pa­sán­do­se de la raya y co­rrién­do­la con­si­go.

3.

A veces como pun­tos a di­lu­ci­dar, otras veces como ar­gu­men­tos para lle­gar a esos mis­mos pun­tos o a otros, en la puja que se sos­tie­ne en la fron­te­ra afec­ta­da se es­cu­chan de­fi­ni­cio­nes de qué es el arte, para qué sirve, cómo debe por­tar­se, qué debe bus­car, etc. (en de­fi­ni­ti­va, cuán­ta y qué li­ber­tad le damos para ser, ser­vir, com­por­tar­se y fun­cio­nar). En esos lin­des y con esos des­lin­des (per­dón por el juego de pa­la­bras), cada co­mu­ni­dad mo­de­la la si­lue­ta del arte que le toca de­fi­nir, lo que equi­va­le a decir que re­gu­la su cir­cu­la­ción entre con­tem­po­rá­neos y su pro­lon­ga­ción en las ge­ne­ra­cio­nes si­guien­tes (o sea, su al­can­ce en el es­pa­cio y su al­can­ce en el tiem­po –per­dón tam­bién por el es­que­ma­tis­mo). Lo hace cuan­do ejer­ce los po­de­res de cen­su­ra, cer­ti­fi­ca­ción, ca­li­fi­ca­ción, pro­mo­ción, di­fu­sión, fi­nan­cia­ción, mer­can­ti­li­za­ción, etc.
Las li­ber­ta­des que le damos le dan a lo ca­te­go­ri­za­do como ar­tís­ti­co una in­mu­ni­dad so­cial si­mi­lar a la par­la­men­ta­ria. No es la in­mu­ni­dad en sí sino su otor­ga­mien­to a tal o cual pos­tu­lan­te lo que está en dis­cu­sión en aque­llas fron­te­ras de lo de­ci­ble, ahí donde había in­ten­sos in­ter­cam­bios de de­fi­ni­cio­nes y pro­nun­cia­mien­tos sobre el arte (o, de ma­ne­ra análo­ga, sobre el humor, como en los con­flic­tos con el humor negro). Esas ge­ne­ra­li­da­des bajan al caso de apli­ca­ción con­ver­ti­das en fun­da­men­tos para un re­cha­zo o una acep­ta­ción, ya sea que la dis­cu­sión se dé en fron­te­ras mo­ra­les (sobre con­duc­tas e in­con­duc­tas), en fron­te­ras ar­tís­ti­cas (sobre obras del palo y obras de otro palo o de nin­guno) o en ambas.
Las com­bi­na­cio­nes si­guen una ló­gi­ca: si hay con­flic­to por de­li­mi­ta­cio­nes mo­ra­les, se in­vo­lu­cra­rán las ar­tís­ti­cas; y nunca a la in­ver­sa (aún podrá haber quien sos­ten­ga que una no­ve­la grá­fi­ca no es li­te­ra­tu­ra, pero no por eso la con­si­de­ra­rá una in­con­duc­ta, una ofen­sa o una afren­ta, por ejem­plo). La con­de­na so­cial suele venir acom­pa­ña­da por el desafue­ro ar­tís­ti­co; casi no hay re­cha­zo moral con­tra una obra que no in­vo­que su ex­clu­sión del uni­ver­so del arte (su desafue­ro: “Eso no es arte, eso es otra cosa”) para pro­ce­der a la del uni­ver­so so­cial de donde surge y donde cir­cu­la (su de­por­ta­ción: “Eso no se puede hacer, no se puede acep­tar”). Ter­tu­lia no fue la ex­cep­ción, más allá de sus par­ti­cu­la­ri­da­des (por ejem­plo, no se la acusó de sa­crí­le­ga o irres­pe­tuo­sa por al­gu­na re­pre­sen­ta­ción con­si­de­ra­da ofen­si­va, sino por la mera uti­li­za­ción del es­pa­cio del ce­men­te­rio; o tam­bién: las ra­zo­nes mo­ra­les in­vo­ca­das fue­ron de ín­do­le re­li­gio­sa, no laica).

Ade­más de re­gu­lar­la a cen­su­ra lim­pia cuan­do hay que mar­car te­rri­to­rio, una co­mu­ni­dad hace po­si­ble y efec­ti­va la cir­cu­la­ción de una obra (como la de cual­quier otra cosa que pueda pasar de boca en boca). Antes vimos a la obra lan­zar­se y ahora la vemos re­bo­tar con­tra unos lí­mi­tes o co­rrer­los; en lo que sigue la ve­re­mos mo­ver­se. Su di­fu­sión, preg­nan­cia y per­ma­nen­cia son sus sig­nos vi­ta­les: sin eso no puede tener o no puede con­ser­var exis­ten­cia ni his­to­ria. Si para el arte ser es ser hecho cir­cu­lar, la pre­gun­ta por cómo cir­cu­la eso, en razón de qué, ge­ne­ra otro mo­men­to en el que se dis­cu­te y se busca de­fi­nir en qué con­sis­te o cómo es el arte.


III. Ca­me­llos cie­gos

1.

Vea­mos dos de las res­pues­tas po­si­bles. En una se apues­ta por va­lo­res téc­ni­cos o es­té­ti­cos o es­ti­lís­ti­cos, como los de la ori­gi­na­li­dad y su medio, la in­no­va­ción en los cri­te­rios o re­glas del ars com­bi­na­to­ria en cues­tión. En la otra se apues­ta por la efi­ca­cia de la obra, una idea más fácil de in­vo­car que de de­fi­nir, pero que en ge­ne­ral está se­cun­da­da por al­gu­na forma de iden­ti­fi­ca­ción. (Por lo pron­to, sa­be­mos que es una efi­ca­cia dis­tin­ta a la que po­dría tener una in­no­va­ción, si tiene al­gu­na –nada lo im­pi­de y no hay por qué pre­juz­gar que no.)
Estas dos po­si­cio­nes se en­cuen­tran en una so­bre­me­sa del cuen­to “La busca de Ave­rroes”, de Jorge Luis Bor­ges. Uno de los in­ter­lo­cu­to­res, Ab­dal­má­lik, asume la pri­me­ra apues­ta:
«Urgió la con­ve­nien­cia de re­no­var las an­ti­guas me­tá­fo­ras; dijo que cuan­do Zuhair com­pa­ró al des­tino con un ca­me­llo ciego, esa fi­gu­ra pudo sus­pen­der a la gente, pero que cinco si­glos de ad­mi­ra­ción la ha­bían gas­ta­do. Todos apro­ba­ron ese dic­ta­men, que ya ha­bían es­cu­cha­do mu­chas veces, de mu­chas bocas. Ave­rroes ca­lla­ba.»

Cuan­do por fin habla, Ave­rroes no se deja ten­tar ni dis­traer por el sabor pa­ra­do­jal (he­te­ro­ló­gi­co, mejor dicho) de un ale­ga­to en con­tra de la re­pe­ti­ción re­pe­ti­do «mu­chas veces, de mu­chas bocas». En lugar de esa chi­ca­na, em­pie­za con la con­fe­sión de ha­ber­se li­be­ra­do del mismo pen­sa­mien­to («...para estar libre de un error, agre­gue­mos, con­vie­ne ha­ber­lo pro­fe­sa­do») y a con­ti­nua­ción ar­gu­men­ta:
«Zuhair, en su moha­la­ca, dice que en el de­cur­so de ochen­ta años de dolor y de glo­ria, ha visto mu­chas veces al des­tino atro­pe­llar de golpe a los hom­bres, como un ca­me­llo ciego; Ab­dal­má­lik en­tien­de que esa fi­gu­ra ya no puede ma­ra­vi­llar. A ese re­pa­ro ca­bría con­tes­tar mu­chas cosas. La pri­me­ra, que si el fin del poema fuera el asom­bro, su tiem­po no se me­di­ría por si­glos, sino por días y por horas y tal vez por mi­nu­tos. La se­gun­da, que un fa­mo­so poeta es menos in­ven­tor que des­cu­bri­dor. Para ala­bar a Ibn–Shá­raf de Berja, se ha re­pe­ti­do que sólo él pudo ima­gi­nar que las es­tre­llas en el alba caen len­ta­men­te, como las hojas de los ár­bo­les; ello, si fuera cier­to, evi­den­cia­ría que la ima­gen es ba­la­dí. La ima­gen que un solo hom­bre puede for­mar es la que no toca a nin­guno. In­fi­ni­tas cosas hay en la tie­rra; cual­quie­ra puede equi­pa­rar­se a cual­quie­ra. Equi­pa­rar es­tre­llas con hojas no es menos ar­bi­tra­rio que equi­pa­rar­las con peces o con pá­ja­ros. En cam­bio, nadie no sin­tió al­gu­na vez que el des­tino es fuer­te y es torpe, que es inocen­te y es tam­bién in­hu­mano. Para esa con­vic­ción, que puede ser pa­sa­je­ra o con­ti­nua, pero que nadie elude, fue es­cri­to el verso de Zuhair. No se dirá mejor lo que allí se dijo.»

La cita cul­mi­na en la apo­teo­sis del en­ten­di­mien­to entre cómo, con qué efec­tos y qué se dice. La forma (la “equi­pa­ra­ción” de esos tér­mi­nos) es in­me­jo­ra­ble no por­que haya sido in­me­jo­ra­ble­men­te “in­ven­ta­da”, sino por­que se en­con­tró (“des­cu­brió”) la mejor para decir algo (en lugar de no darle sa­li­da) que toca a todos (en lugar de a uno o a nadie, como le pasa al in­ven­tor Ibn–Shá­raf de Berja). Para Ave­rroes no hay equi­pa­ra­ción menos ar­bi­tra­ria –más jus­ti­fi­ca­da– que la que uno tiene la sen­si­bi­li­dad de en­con­trar (con el fin de ser­vir a otros –al pro­pio Ave­rroes, por ejem­plo, para decir su nos­tal­gia de Es­pa­ña des­te­rra­do en Áfri­ca), y no la ori­gi­na­li­dad de in­ven­tar (con el fin de “asom­brar”, “sus­pen­der”, “ma­ra­vi­llar”, y el ries­go serio de re­sul­tar efí­me­ro o per­du­ra­ble­men­te “ba­la­dí”).
La fun­ción que hace a la efi­ca­cia de una obra es una re­la­ción entre lo dicho y quien puede darle un uso. Esa re­la­ción es iden­ti­fi­ca­to­ria y, en el caso de la equi­pa­ra­ción de Zuhair (que no es ba­la­dí), es ge­ne­ra­li­za­da: es una ima­gen que, sin «ser todo para todos», es algo para todos: la acoge una «con­vic­ción» –«pa­sa­je­ra o con­ti­nua»– que «nadie elude». ¿Cómo hace esa me­tá­fo­ra para per­du­rar, para no gas­tar­se con el tiem­po, para so­bre­vi­vir a la vo­ra­ci­dad de no­ve­da­des, para evi­tar el acos­tum­bra­mien­to (o au­to­ma­ti­za­ción, en tér­mi­nos del ci­ta­do Sh­klovs­ki, otro co­men­ta­ris­ta aris­to­té­li­co: «Según Aris­tó­te­les, la len­gua poé­ti­ca debe tener un ca­rác­ter ex­tra­ño, sor­pren­den­te»)? Res­pues­ta: to­cán­do­nos de tal modo que nos sea im­po­si­ble acos­tum­brar­nos, que no nos deje de «pro­vo­car sor­pre­sa y re­fle­xión» (como dice en “El na­rra­dor” Wal­ter Ben­ja­min sobre una his­to­ria de He­ró­do­to, aun­que por mo­ti­vos di­fe­ren­tes). Ahí hay algo que nos toca a todos por­que toca ahí donde algo nues­tro no se cie­rra, como es el saber de la pro­pia fi­ni­tud y fra­gi­li­dad ante los ban­da­zos del des­tino (es decir, lejos de la re­sis­ten­cia que tiene el verso que ex­pre­sa ese saber).

2.

Re­ca­pi­tu­le­mos. La vi­gen­cia y la so­bre­vi­da de una obra (el pro­pa­lar­se entre con­tem­po­rá­neos y el trans­mi­tir­se entre ge­ne­ra­cio­nes) se deben, en la pers­pec­ti­va de Ave­rroes, a esa re­la­ción con sus usua­rios po­si­bles, que acá son todos. En la de Ab­dal­má­lik y Sh­klovs­ki, a una re­no­va­ción for­mal, en la que lo im­por­tan­te es salir del lugar gas­ta­do donde se está, para vol­ver a sor­pren­der y a ha­cer­se ver.
La ten­sión ya clá­si­ca entre esas dos fuer­zas mo­to­ras las com­bi­na en dis­pa­ri­dad y en pa­ri­dad de in­ten­si­da­des. Entre dos cosas que fun­cio­nan igual, la pre­fe­ri­ble suele ser la que luce mejor. Entre dos cosas que lucen igual, la pre­fe­ri­ble suele ser la que fun­cio­na mejor. Las pre­fe­ren­cias dejan de ser ob­vias cuan­do las op­cio­nes son mix­tas. A igual in­ten­si­dad, al­gu­nos pre­fie­ren una cosa que fun­cio­na mejor de lo que luce a una que luce mejor de lo que fun­cio­na; otros, al revés.
Ade­más de Ave­rroes, entre los pri­me­ros se en­cuen­tra, por ejem­plo, el Bor­ges que en “La su­pers­ti­cio­sa ética del lec­tor” es­cri­be:
«Los que ado­le­cen de esa su­pers­ti­ción en­tien­den por es­ti­lo no la efi­ca­cia o la in­efi­ca­cia de una pá­gi­na, sino las ha­bi­li­da­des apa­ren­tes del es­cri­tor: sus com­pa­ra­cio­nes, su acús­ti­ca, los epi­so­dios de su pun­tua­ción y de su sin­ta­xis.»

O tam­bién, re­cor­dan­do aque­lla ima­gen de Ibn–Shá­raf de Berja tan per­so­nal (ori­gi­nal) como ba­la­dí:
«La pá­gi­na de per­fec­ción, la pá­gi­na de la que nin­gu­na pa­la­bra puede ser al­te­ra­da sin daño, es la más pre­ca­ria de todas. Los cam­bios del len­gua­je bo­rran los sen­ti­dos la­te­ra­les y los ma­ti­ces; la pá­gi­na “per­fec­ta” es la que cons­ta de esos de­li­ca­dos va­lo­res y la que con fa­ci­li­dad mayor se des­gas­ta. In­ver­sa­men­te, la pá­gi­na que tiene vo­ca­ción de in­mor­ta­li­dad puede atra­ve­sar el fuego de las erra­tas, de las ver­sio­nes apro­xi­ma­ti­vas, de las dis­traí­das lec­tu­ras, de las in­com­pren­sio­nes, sin dejar el alma en la prue­ba.»

Y se­gu­ra­men­te tam­bién se re­fie­ra a algo de esto otro tra­duc­tor, Eduar­do Stil­man, en la nota 73, pá­gi­na 533, de Los li­bros de Ali­cia (Bue­nos Aires, Edi­cio­nes de la Flor y Best Edi­cio­nes, 1998), donde co­men­ta una de las mo­ra­le­jas que la Du­que­sa hace en el Ca­pí­tu­lo IX de las Aven­tu­ras de Ali­cia en el País de las Ma­ra­vi­llas: «Cuida el sen­ti­do, que los so­ni­dos se cui­da­rán solos». Trans­cri­bo la nota:
«Take care of the pence, and the pounds will take care of them­sel­ves, dice el pro­ver­bio in­glés: ‘Cuida los pe­ni­ques, que las li­bras se cui­da­rán solas’. Ca­rroll con­vier­te pence (‘pe­ni­ques’) en sense (‘sen­ti­do’), y pounds (‘li­bras’) en sounds (‘so­ni­dos’). El re­sul­ta­do es la má­xi­ma que go­bier­na esta tra­duc­ción.»

3.

Pues­tos a cui­dar el sen­ti­do, surge una cues­tión: ¿por qué se su­po­ne que nos toca tanto y a todos la ima­gen de Zuhair? Creo que por­que con­tra­di­ce uno de los ras­gos del sen­ti­do exis­ten­cial ideal: su ca­rác­ter ín­te­gro de obra, no de azar (tan in­di­ge­ri­ble nos re­sul­ta un azar cuan­do borra sin mo­ti­vos la obra de una vida hu­ma­na como in­ve­ro­sí­mil o im­pro­ba­ble su au­to­ría en una la­dra­da coral). El des­tino que com­pa­ra y de­fi­ne Zuhair no es aquel del que puede y suele de­cir­se que somos sus ar­tí­fi­ces, sino otro, con el que más bien que­re­mos nom­brar ca­sua­li­da­des trá­gi­ca­men­te sig­ni­fi­ca­ti­vas.

Otro rasgo de ese ab­so­lu­to del sen­ti­do idea­li­za­do es su no fi­ni­tud, su in­mor­ta­li­dad. Aun­que no ne­ce­sa­ria­men­te todos los cho­ques del erran­te ciego sean le­ta­les, la in­ten­si­dad de la hue­lla que deja es pro­por­cio­nal a sus es­tra­gos; si todos fue­ran inofen­si­vos no me­re­ce­rían un verso y qui­nien­tos años de fama y uso. Pero aun cuan­do esté in­vo­lu­cra­da en el epi­so­dio como su más pro­ba­ble o me­mo­ra­ble con­se­cuen­cia, no es la muer­te lo que está me­ta­fo­ri­zan­do el verso de Zuhair, sino la alea­to­rie­dad y el sin­sen­ti­do con que puede lle­gar cuan­do nadie la es­pe­ra y nada la hace es­pe­rar. Es la no­ción de un sen­ti­do de la vida lo que se lleva pues­to un des­tino así cuan­do se lleva pues­ta esa vida al voleo y ac­ci­den­tal­men­te, con la tor­pe­za inin­ten­cio­na­da e inimpu­table de un ca­me­llo ciego. La ima­gen de lo que puede to­car­le a cual­quie­ra nos toca a todos, y más si afec­ta a nues­tro in­su­mo sim­bó­li­co bá­si­co, el sen­ti­do.
El uni­ver­so donde no hay ni una sola ex­cep­ción elu­si­va de esa «con­vic­ción» es de cria­tu­ras cul­tu­ra­les; como tales, re­quie­ren de sen­ti­do para sus actos y obras y, en ge­ne­ral, para su par­ti­ci­pa­ción en la má­qui­na cul­tu­ral en la que desa­rro­llan sus vidas (y que sin eso no fun­cio­na: no hay ins­tin­tos cul­tu­ra­les –la ex­pre­sión ya es un oxí­mo­ron– que la im­pul­sen). Desde un do­mi­nio ajeno a nues­tro con­trol, nues­tra vo­lun­tad y nues­tro deseo (o sea, desde una fa­ta­li­dad, un des­tino que es de em­bes­tir), ese algo que no nos cie­rra nos toca la cuer­da más sen­si­ble que te­ne­mos como seres sen­ti­do­de­pen­dien­tes (o sen­ti­dó­fi­los, en su ver­sión proac­ti­va): nues­tra vul­ne­ra­bi­li­dad al azar, nues­tra fra­gi­li­dad ante sus em­bes­ti­das li­bres de pro­pó­si­to y pre­fe­ren­cias. (Dicho de otra ma­ne­ra, el con­cep­to de sen­ti­do dis­cu­te su lugar y su al­can­ce –su si­lue­ta, sus lí­mi­tes– con los de azar y muer­te.)
Esos atro­pe­llos de­sin­te­re­sa­dos, que no son jus­tos ni in­jus­tos, mí­ni­ma­men­te hacen que el sen­ti­do de obra que tiene una vida no pueda abar­car todo el uni­ver­so de even­tos que pue­den in­cum­bir­le y afec­tar­la; de má­xi­ma, hacen que el ar­tí­fi­ce re­la­ti­vi­za­do sien­ta in­su­fi­cien­te o ilu­so­rio el uni­ver­so que sí puede abar­car y lo aban­do­ne y se aban­do­ne. No es poca razón para reac­cio­nar ante su me­ro­deo o in­ten­tar con­ju­rar­lo con un verso que lo haga in­me­jo­ra­ble­men­te de­ci­ble.

Hay 5 comentarios:

el Zambullista
1 23 de diciembre de 2008, 4:33

"El arte de la jauría" es la mitad concluida (aunque siempre reabrible) de un ensayo inconcluso, "'Tertulia' y el arte de la jauría", destinado a un amigo. "Zambullidas" nació como un ejercicio de inmersión en un clima de escritura que me permitiera cumplir uno de los plazos de esa entrega, todavía adeudada.


Anónimo
2 10 de enero de 2009, 14:53

"JUGAR A PENSAR
El arte de pensar sin riesgos. Si no fuese por los caminos de emoción adonde el pensamiento conduce, el pensar ya se habría catalogado como uno de los modos de divertirse. No se invita a los amigos al juego a causa de la ceremonia que se cumple al pensar. El mejor modo es invitar sólo a una visita, y, como quien nada pide, pensar juntos, con el disimulo de las palabras.
Esto, en tanto juego liviano. Pues para pensar en profundidad–que es el máximo grado del 'hobby'–es necesario estar solo. Porque entregarse a pensar es una gran emoción, y solamente se tiene el valor de pensar delante de otro cuando la confianza es tan grande que no hay inhibición en usar, de ser necesario, la palabra 'otro'. Además se exige mucho de quien nos ve pensar: que tenga un corazón grande, amor, cariño, y la experiencia de haberse entregado también a pensar. Se exige tanto de quien oye las palabras y los silencios–como se exigiría en el sentir. No, no es cierto. En el sentir se exige más.

...

Pero debo aclarar. A veces se empieza a jugar a pensar, y he aquí que inesperadamente es el juguete el que empieza a jugar con nosotros. No es bueno. Es sólo fructífero."

Clarice Lispector, "Revelación de un mundo"
posteado por el Unknown Artist


desparejo
3 12 de febrero de 2009, 18:41

Preguntas:
1. No me termina de quedar claro entonces la definición de un "sentido" y un "valor" de lo estético. No me queda claro en mi lectura, no digo que no esté en tu post y yo no lo haya visto. Pero me parece que la definición de lo estético que encuentro es negativa, en el sentido que parece ser aquello que no es práctico. ¿Tendrías otro modo de definir lo estético?

2. ¿Todo lo estético surge de un contexto práctico? ¿Es aquella parte que se ha vuelto inútil dentro de la actividad útil para algo?

3. ¿Se podría pensar en algo invertido? Es decir, una actividad estética que reabsorba un sentido práctico. Una obra de arte que se vuelva útil. Bueno, se me acaba de ocurrir una mirando el libro que me nivela la pata de la mesa.


el Zambullista
4 13 de junio de 2011, 4:28

Sobre lo que dijo Gerardo:

1. Sí, es una definición negativa en el sentido (o como efecto) de que es una delimitación para ubicar los afanes estéticos dentro del universo de lo cultural (ni natural ni azaroso). De todos modos, que lo estético se ubique entre lo no práctico no significa que todo lo que encontremos ahí sea un trabajo estético. El acto gratuito de quedarse mirando y escuchando el paso de los trenes, por mero placer, no es ni práctico ni estético (o sea, dentro de lo no práctico es algo distinto a lo estético).

2. Supongo que sí. Lo estético (y dentro, obvio, lo artístico), como todo producto cultural, es un hecho social, ni natural ni azaroso (pueden hacerse interpretaciones estéticas de hechos naturales o azarosos, pero no es lo mismo). Menos aún, un hecho sobrenatural o metafísico, si uno no acepta razonar con creencias, sino sólo con saberes.
En el marco de las actividades sociales, algunas se consideran prácticas o útiles y otras no; o se distingue entre practicidades (y se dice que la de lo estético es simbólica). Desde ya, su inutilidad es relativa, como la de los perros cantores en relación con la utilidad de cazar.
Volviendo a tu pregunta, no imagino un arte que no se desprenda en medio de alguno de esos trabajos.

3. Buen ejemplo. El problema es que ya no cuenta como libro: cuenta como nivelador. Pero es probable que, en vez de competir con utilidades de las que se diferencia, lo estético sea práctico a su manera. Dice Bill Bryson, en Una breve historia de casi todo: “Desde un punto de vista evolutivo, la sexualidad no es en realidad más que un me­canismo de gratificación para impulsarnos a transmitir nuestro material genético.” Es probable que algo similar pueda decirse del placer estético en relación con el impulso de actuar, de cumplir nuestro rol en ese mecanismo de adaptación al medio que es la cultura de una sociedad.


el Zambullista
5 31 de enero de 2012, 3:36

Los comentarios 1 a 4 se refieren a una versión que estuvo en Zambullidas entre el 23 de diciembre de 2008 y hoy, 31 de enero de 2012, cuando el ensayo cambió de nombre y de tamaño (con aumentos notables en ambos casos). El antiguo ensayo “El arte de la jauría” es ahora la parte I Perros que cantan de “De perros que cantan, muertos que charlan y camellos ciegos” (con el agregado del paréntesis con que termina la parte I y empieza la II; en la Bitácora de Zambullidas están las dos versiones). Con ese título se lo mandé por mail a Nicolás el sábado, por lo que la fecha 28.1.12 debería compañar a la del 23.12.08 que está bajo la firma.
Fin de la deuda, y agradecido por lo que me llevó a hacer para saldarla (referencia al comentario 1).