Un enamorado, un caballero



En la pe­lí­cu­la ja­po­ne­sa “Ba­ta­lla real” (Kinji Fu­ka­sa­ku, 2000), un curso en­te­ro del úl­ti­mo año de un se­cun­da­rio es se­cues­tra­do en su viaje de egre­sa­dos por fun­cio­na­rios del Es­ta­do, según un pro­gra­ma ofi­cial pero se­cre­to que se prac­ti­ca cada año. Los ado­les­cen­tes son ador­me­ci­dos por un gas en el micro y des­pier­tan en el gal­pón de una isla con un co­llar listo para ex­plo­tar si in­ten­tan sa­cár­se­lo. Quien les ex­pli­ca las re­glas de juego no es otro que su pro­fe­sor, que li­qui­da de un cu­chi­lla­zo cer­te­ro a un de­ses­pe­ra­do, y a otro con el con­trol re­mo­to que ac­ti­va el ex­plo­si­vo de los co­lla­res. Para em­pe­zar el juego, cada chico aban­do­na­rá el gal­pón con un bolso ce­rra­do, en el que en­con­tra­rá un mapa del lugar y el arma que el azar le de­pa­ró para que in­ten­te ganar (puede tra­tar­se de una me­tra­lle­ta o de una ba­lles­ta, pero tam­bién de una tapa de ca­ce­ro­la o de una lin­ter­na). Las armas de­sigua­les sir­ven a un mismo ob­je­ti­vo: so­bre­vi­vir en la isla. Su­ce­de que el ga­na­dor del juego será aquel de los 42 que al cabo de tres días quede vivo (si los so­bre­vi­vien­tes son más, a todos se les hará de­to­nar el co­llar). Uno de los pri­me­ros en salir y en com­pren­der ca­bal­men­te el juego se carga a otro re­cién sa­li­do del salón. Hay en­cuen­tros san­gui­na­rios, hay sui­ci­dios de re­nun­cia, hay ase­si­nos so­li­ta­rios que me­ro­dean; se arman ban­dos, se des­con­fía, se trai­cio­na, se re­mue­ven an­ti­guos odios y amo­res de co­le­gio. En dos o tres tur­nos dia­rios, por al­to­par­lan­tes se co­mu­ni­ca la nó­mi­na de nue­vos muer­tos y las zonas de la isla en las que per­ma­ne­cer im­pli­ca su­frir la ex­plo­sión del cue­llo.
Pre­sen­ta­do el plan­teo, va­ya­mos a la es­ce­na que me in­tere­sa. Un chico, que por arma ligó un lo­ca­li­za­dor o de­tec­tor de ob­je­tos, está bus­can­do a la chica de la que siem­pre es­tu­vo se­cre­ta­men­te enamo­ra­do. El dato que le da al­guien lo lleva a un gal­pón.



Hay dos tipos que me gus­ta­ría ser. Uno es el que re­gre­sa a la noche a su de­par­ta­men­to y, ante los es­com­bros del edi­fi­cio que se de­rrum­bó una hora antes —en esta pe­lí­cu­la nin­gún hu­mano ni ani­mal ha sa­li­do las­ti­ma­do—, co­men­ta: “Qué caras van a venir las ex­pen­sas”.
El otro es ese enamo­ra­do que se preo­cu­pa por las con­se­cuen­cias del ruido que hi­cie­ron los dis­pa­ros que lo hi­rie­ron de muer­te. He aquí un ca­ba­lle­ro. Antes de la vir­tud por ac­ción que lo hace preo­cu­par­se por la suer­te ul­te­rior de su amada ase­si­na, hay en él, im­pli­ca­da, una vir­tud por omi­sión: la de no hacer nin­gún re­pro­che. Nin­gu­na re­nun­cia al re­pro­che es más po­ten­te que la que ocu­rre en la si­tua­ción con mayor de­re­cho al re­pro­che que se pueda ima­gi­nar. La ele­gan­cia y la fuer­za enor­mes de ese úl­ti­mo acto están he­chas de la acu­mu­la­ción feliz de esas dos vir­tu­des. El tipo po­dría ha­ber­se que­da­do en no re­pro­char, que ya hu­bie­ra sido mucho; pero él fue todo lo lejos que podía ir, y al ha­cer­lo hizo aun más vir­tuo­sa aque­lla omi­sión. Hizo lo que no se es­pe­ra­ba que hi­cie­ra por par­ti­da doble, y sin dejar nada por hacer; ni mez­qui­nó ni aho­rró. La ge­ne­ro­si­dad de una en­tre­ga así de exu­be­ran­te y pre­ci­sa a la vez, un rasgo sólo ve­ro­sí­mil en un enamo­ra­do ya in­ve­ro­sí­mil y to­da­vía en­vi­dia­ble, me re­sul­ta un es­pec­tácu­lo gra­ta­men­te he­roi­co.

Hay 2 comentarios:

desparejo
1 9 de noviembre de 2009, 21:45

Esto lo cuenta Bernardo Verbitsky en el prólogo que hace a una edición de 1967 de OP OLOOP de Juan Filloy (Paidos, Bs As, p.11):

"Cuando en el Monte de los Olivos, después de salir de una capilla que explotan monjes fransiscanos un compañero le pregunta qué personaje de la Biblia quisiera encarnar: 'Yo quisiera encarnar uno -contesta Filloy- que en realidad no figura en ella: el hombre sin pecado que no quiso arrojar la primera piedra... Fue un fariseo de exquisito dandismo. ¡Qué heroica elegancia la de su virtud! Prefirió el escarnio de los siglos, bajo un tenue escudo de silencio a hacer quedar mal a Jesús.'"


desparejo
2 8 de diciembre de 2009, 18:39

Perdón por el off topic respecto del post, pero no respecto del comentario anterior. Resulta que este Filloy hacía ediciones personales de sus libros y después se los mandaba a sus amigos y conocidos. Así, la novela Op Oloop se la mandó a Freud y hasta recibió comentario del tipo y todo. Pero la mejor fue con una novela que le mandó a Borges por correo. Se lo dedica y le pone "Con afecto". Pasan años y Filloy anda por el centro mirando librerías de usados y se encuentra con un ejemplar de su novela y ve que es el que le mandó a Borges con la dedicatoria y todo. Lo compra y decide mandárselo otra vez y se lo vuelve a dedicar pero esta vez, debajo de la anterior, pone "Con renovado afecto".