La demora veloz



      El 7 de enero de 2009, en la ter­mi­nal de mi­cros de Ba­ri­lo­che, es­cu­cho por la ven­ta­ni­lla de la em­pre­sa Ko Ko:
      “Hay dos mi­cros a San Mar­tín de los Andes. Uno tarda más que el otro, pero llega antes”.

Pen­se­mos en una tra­ve­sía de 400 ki­ló­me­tros rec­tos. A una ve­lo­ci­dad cons­tan­te de 100 km/h, en 4 horas ha­bre­mos cu­bier­to esa dis­tan­cia. En cam­bio, si cada 100 ki­ló­me­tros re­du­ci­mos a la mitad la ve­lo­ci­dad (50, 25 y 12,5 km/h), los 400 ki­ló­me­tros los ha­re­mos en 15 horas; si la du­pli­ca­mos (200, 400, 800 km/h), los ha­re­mos en 1 hora con 52 mi­nu­tos y medio.
De­cla­re­mos lo obvio: entre la ve­lo­ci­dad y la du­ra­ción de un viaje hay una re­la­ción in­ver­sa­men­te pro­por­cio­nal: cuan­to más rá­pi­do voy hacia mi meta, menos de­mo­ro en lle­gar (si llego antes que uno que tarda menos, ne­ce­sa­ria­men­te es que parto antes, ni a la vez ni des­pués). En el lí­mi­te in­fe­rior, si cuan­to menos rá­pi­do voy más de­mo­ro, la quie­tud hace eterno el viaje (o, si se pre­fie­re, le borra la di­fe­ren­cia res­pec­to de una mera es­ta­día). En el lí­mi­te su­pe­rior, donde la ve­lo­ci­dad es ins­tan­tá­nea, se da el caso de una bi­lo­ca­ción: en el mismo ins­tan­te, estoy en el punto de par­ti­da y en el punto de lle­ga­da de mi pista recta.
En una pista cir­cu­lar, la lar­ga­da y la meta coin­ci­den; há­ga­se ins­tan­tá­nea la ve­lo­ci­dad del viaje y tam­bién coin­ci­di­rán sus mo­men­tos. Estoy aquí y ahora: puedo en­ten­der que no me he mo­vi­do ni he trans­cu­rri­do, o que me he mo­vi­do en círcu­lo a una ve­lo­ci­dad ins­tan­tá­nea. Si des­cui­da­mos la ló­gi­ca, el vér­ti­go de esta noria puede ser pe­li­gro­so para la iden­ti­dad.

En rigor, más que de una bi­lo­ca­ción se tra­ta­ría de una multi-bi­lo­ca­ción –que re­dun­da en una om­ni­pre­sen­cia ru­te­ra–, ya que tam­bién estoy en todos los pun­tos in­ter­me­dios, cual­quie­ra de los cua­les puede ser la meta de mi viaje (o es ya, mejor dicho, la meta de al­guno de mis in­fi­ni­tos sub-via­jes: con una ve­lo­ci­dad ins­tan­tá­nea, ahí donde es po­si­ble que esté, estoy; a esa ve­lo­ci­dad, las lo­ca­li­za­cio­nes ex­pe­ri­men­tan la misma in­di­fe­ren­cia­ción entre lo po­si­ble y lo real que tie­nen los li­bros en la Bi­blio­te­ca de Babel, y por la misma razón: todas las com­bi­na­cio­nes po­si­bles están ac­tua­li­za­das). Jus­ti­fi­car la multi-bi­lo­ca­ción y pre­ci­sar la can­ti­dad de esos ins­tan­tá­neos sub-via­jes eleá­ti­cos son ta­reas con­cu­rren­tes.
Su­pon­ga­mos que estoy en el ki­ló­me­tro 0 y mi meta está en el ki­ló­me­tro 8. Ins­ta­la­do en una ve­lo­ci­dad ins­tan­tá­nea, estoy en el punto del ki­ló­me­tro 0 y en el punto del ki­ló­me­tro 8 a la vez (20= 1 bi­lo­ca­ción). Que a la vez estoy en todos los pun­tos in­ter­me­dios, en tér­mi­nos di­co­tó­mi­cos se desa­rro­lla así: por un lado, al mismo tiem­po estoy en el punto del ki­ló­me­tro 0 y en el punto del ki­ló­me­tro 4, y en el punto del ki­ló­me­tro 4 y en el punto del ki­ló­me­tro 8 (21= 2 bi­lo­ca­cio­nes); por otro lado, al mismo tiem­po estoy en el ki­ló­me­tro 0 y en el 2, y en el 2 y en el 4, y en el 4 y en el 6, y en el 6 y en el 8 (22= 4 bi­lo­ca­cio­nes); etc. Así, las cre­cien­tes di­co­to­mías de mi pre­sen­cia aca­ban si­tuán­do­me en todos los pun­tos del con­ti­nuo: sien­do que hay el doble de pun­tos que de bi­lo­ca­cio­nes, 20, 21, 22, 23,... 2ℵo bi­lo­ca­cio­nes (o via­jes ins­tan­tá­neos) im­pli­can 2ℵo × 2= 2ℵo pun­tos, cual­quie­ra sea la lon­gi­tud de mi pista (el nú­me­ro de po­si­cio­nes que se pue­den mar­car en un seg­men­to no es mayor a mayor lon­gi­tud del seg­men­to, sino igual).

Cual­quie­ra sea la ve­lo­ci­dad usada, mien­tras ésta ob­ser­ve una re­la­ción in­ver­sa­men­te pro­por­cio­nal con la du­ra­ción del viaje, a nadie se le ocu­rri­rá ar­gu­men­tar que los pun­tos de ori­gen y de des­tino son el mismo (en una pista abier­ta, como una recta). Es esa re­la­ción par­ti­cu­lar entre la ve­lo­ci­dad y la du­ra­ción del viaje lo que ga­ran­ti­za –y aque­llo de lo que se de­du­ce– que la lar­ga­da y la lle­ga­da son di­fe­ren­tes. Y pues­to que si no lo fue­ran no ha­bría viaje, éste es po­si­ble gra­cias a que pre­sen­ta aque­lla re­la­ción in­ver­sa. Si no se tra­ta­se de un rasgo de­ci­si­vo, el con­cep­to de viaje so­bre­vi­vi­ría a su al­te­ra­ción; en­sa­yar­la nos de­mos­tra­rá que ese no es el caso.
Pos­tu­le­mos en­ton­ces una re­la­ción di­rec­ta­men­te pro­por­cio­nal entre la ve­lo­ci­dad y la de­mo­ra; vale decir: cuan­to más rá­pi­do vaya, más tar­da­ré en lle­gar. En lugar de la des­ace­le­ra­ción en un viaje, pen­se­mos esta vez en algo equi­va­len­te: una se­cuen­cia de via­jes con ve­lo­ci­da­des cons­tan­tes que de­cre­cen de uno al otro (por ejem­plo, según una re­gre­sión geo­mé­tri­ca). Así, si el pri­mer viaje tiene una ve­lo­ci­dad de 100 km/h y una du­ra­ción de 1 hora, el se­gun­do tiene una ve­lo­ci­dad de 50 km/h y una du­ra­ción de 1/2 hora; el ter­ce­ro es a 25 km/h du­ran­te 1/4 de hora; etc. La ace­le­ra­ción nos pro­yec­ta hacia la eter­ni­dad de la tra­ve­sía en la ve­lo­ci­dad ins­tan­tá­nea; la des­ace­le­ra­ción, hacia la con­su­ma­ción del re­co­rri­do en la mera quie­tud: si cuan­to más des­ace­le­re menos tar­da­ré en lle­gar, ahí donde al­can­ce la quie­tud habré lle­ga­do. Pero la quie­tud es ya el es­ta­do ini­cial del viaje, la ve­lo­ci­dad pro­pia del punto de par­ti­da. Otra vez (pero ahora en una pista que no vuel­ve), la es­ce­na de una quie­tud bien puede co­rres­pon­der a la de un viaje que no ha em­pe­za­do (y ese punto es su punto de ori­gen aún no aban­do­na­do) o a la de un viaje que ya se ha con­su­ma­do. (Esta in­di­fe­ren­cia le haría dis­cu­rrir al Zenón de un uni­ver­so se­me­jan­te –donde sólo la agi­ta­ción sería ra­zo­na­ble– una apo­ría sobre la ilu­sión o la qui­me­ra del es­ta­do de re­po­so.) Juz­ga­do desde el nues­tro, en un uni­ver­so cuyos pun­tos de lar­ga­da y de lle­ga­da coin­ci­den, no puede haber mo­vi­mien­to.

Ac­tua­li­ce­mos nues­tro dic­cio­na­rio de si­nó­ni­mos: la au­sen­cia de mo­vi­mien­to, la iden­ti­dad entre la par­ti­da y la meta, la ve­lo­ci­dad di­rec­ta­men­te pro­por­cio­nal a la de­mo­ra.

Hay 4 comentarios:

chicoverde
1 2 de diciembre de 2008, 18:48

"Esta indiferencia le haría discurrir al Zenón de un universo semejante –donde sólo la agitación sería razonable– una aporía sobre la ilusión o la quimera del estado de reposo"

esto me hizo reir bastante, aliviado, porque entonces algo te seguí

para cuando el seminario "Matemáticas para estudiantes de Letras"?


el Zambullista
3 9 de marzo de 2009, 18:28

Un año antes de ese encuentro, que en realidad fue el 15 de enero del 2008, yo leía esto (Georg Cantor, Fundamentos para una teoría general de conjuntos, Crítica, Barcelona, 2006, página 277):

«Sabemos que Cantor y Dedekind se vieron por última vez el 4 de septiembre de 1899, día en que el primero acudió de visita a Brunswick. Tenemos noticias de ellos por una divertida coincidencia: cinco años más tarde el Calendario Matemático de Teubner daba aquel día como fecha de la muerte de Dedekind, y éste contestó de buen humor diciendo que quizá día y mes fueran correctos, pero el año seguro que no:

"Según mis propias notas, ese día lo pasé con plena salud y en conversación muy animada sobre teoría y conjuntos con mi invitado a comer y estimado amigo Georg Cantor (de Halle), que en dicha ocasión asestó el golpe de muerte no a mí mismo, sino más bien a un error mío."»


el Zambullista
4 10 de marzo de 2009, 5:18

Donde dice «Tenemos noticias de ellos por una divertida coincidencia» debe decir: «Tenemos noticias de ello por una divertida coincidencia». El error apareció posteado casi dos horas y media antes que "Errar es humano" (http://zambullidas.blogspot.com/2009/03/errar-es-humano.html).